Un pasaje bíblico narra la experiencia de dos discípulos que, tras la crucifixión de Jesús, encuentran a un forastero en el camino, comparten una conversación profunda y lo reconocen al partir el pan.
Dos discípulos se dirigían a la aldea de Emaús, ubicada a unos diez kilómetros de Jerusalén, conversando sobre los recientes acontecimientos en la ciudad. Mientras caminaban, un forastero se les acercó y se unió a su camino, aunque ellos no lograron reconocerlo.
Al ser preguntados sobre su conversación, los discípulos expresaron su tristeza y desconcierto por la muerte de Jesús de Nazaret, a quien consideraban un profeta poderoso, y por los rumores de su resurrección. El compañero de camino les explicó entonces las Escrituras, interpretando los pasajes que se referían al Mesías.
Al llegar cerca de Emaús, los discípulos invitaron al forastero a quedarse, ya que caía la tarde. Durante la cena, al tomar el pan, bendecirlo, partirlo y ofrecerlo, los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron como Jesús, quien en ese instante desapareció de su vista.
Inmediatamente, emprendieron el regreso a Jerusalén, donde se reunieron con los demás discípulos y compartieron su experiencia, confirmando así la noticia de la resurrección.
