Un informe reciente del Observatorio de la Deuda Social Argentina, perteneciente a la Universidad Católica Argentina (UCA), ha encendido una alarma en el ámbito de la salud y seguridad laboral. Los datos indican que una abrumadora mayoría de los trabajadores del país tiene dificultades para acceder a una alimentación adecuada durante su jornada, un problema que trasciende lo social para convertirse en un riesgo concreto en fábricas, oficinas y otros espacios de trabajo.
Un vínculo directo con la seguridad
La investigación, desarrollada en colaboración con Edenred, señala que el 83,5% de los asalariados sufre algún tipo de vulnerabilidad alimentaria. Esto se traduce en la omisión de comidas o en la elección de opciones de bajo valor nutricional, principalmente por restricciones económicas. Para los médicos laborales, esta realidad tiene consecuencias directas y medibles.
«Un empleado que no recibe los nutrientes necesarios opera con sus capacidades físicas y cognitivas disminuidas», explica un especialista en medicina del trabajo. «La fatiga, la pérdida de concentración y un tiempo de reacción más lento son efectos inmediatos. En un entorno donde la precisión y el estado de alerta son cruciales, esto eleva significativamente la probabilidad de incidentes».
Impacto en las estadísticas de siniestralidad
Esta perspectiva adquiere mayor relevancia al analizar las cifras nacionales de accidentabilidad. Durante 2024, la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT) registró cerca de 360.000 accidentes laborales y enfermedades profesionales. Los expertos coinciden en que, si bien cada caso es multicausal, un estado de salud general precario, agravado por una nutrición deficiente, crea un terreno propicio para que ocurran estos eventos.
¿Qué pueden hacer las empresas?
Frente a este escenario, el estudio también explora posibles caminos de solución. Un dato destacable es que el 80,4% de los trabajadores consultados se mostró favorable a recibir un aporte específico de su empleador para la alimentación, evidenciando una conciencia clara del problema.
Desde el ámbito de la salud ocupacional, se proponen intervenciones estratégicas que van más allá de la asistencia social. Una primera medida es realizar un diagnóstico de la situación nutricional de la plantilla mediante evaluaciones médicas periódicas. En segundo lugar, se recomiendan programas de educación y concientización sobre cómo una dieta balanceada impacta en el rendimiento y la seguridad.
Una tercera acción concreta es garantizar infraestructura básica en el lugar de trabajo. El informe de la UCA detectó que, entre quienes no tienen acceso a una heladera o microondas, la tasa de salteo de comidas alcanza el 72%. Proveer estos elementos facilita que los empleados puedan conservar y preparar sus alimentos adecuadamente.
De gasto a inversión estratégica
La conclusión de los especialistas es contundente: la vulnerabilidad alimentaria ha dejado de ser un tema marginal para instalarse como un asunto central en la agenda de la seguridad laboral. Comprender que la alimentación no es un gasto, sino una inversión estratégica en el capital humano, es el primer paso para construir entornos laborales más seguros, saludables y, en consecuencia, más productivos.
