19/03/2026 12:46hs.
Novecientos goles. Nueve veces cien. Dicho así ya impresiona, pero llevado al tiempo es todavía más absurdo: es hacer uno por semana durante más de 17 años sin faltar nunca. Es sostener casi tres gritos por mes a lo largo de tres décadas. Es jugar 30 temporadas y clavar 30 por año, sin desviarse jamás. Es encadenar un hat-trick por semana durante casi seis años seguidos. Novecientos no es un número: es una desmesura hecha rutina, una costumbre llevada al límite. Novecientos es Lionel Messi: con Inter Miami, frente a Nashvilley a los 38 años, el tipo alcanzó esa marca en 1142 partidos.
Y así, sigue agrandando su propia leyenda dentro del fútbol. Un libro que, entre los argentinos, lo tiene en la cima de la tabla de goleadores, compartiendo ese podio con el enorme Alfredo Di Stéfano (512 en 706 partidos) y con un nombre que supo ser el Messi de los 70, aunque hoy pocos lo tengan presente: Delio Onnis (461 en 709 encuentros).
Delio Onnis, histórico goleador argentino. Foto Luciano Thieberger.
Porque mucho antes de que Messi convirtiera lo extraordinario en costumbre, hubo otro argentino que hizo del gol una forma de vida. En los años 70, en el estadio Luis II de Mónaco, las tribunas no gritaban gol: gritaban su nombre. “Deeeeeeelio, Deeeeeelio”, bajaba desde todos los rincones para empujar a un delantero que parecía tener un imán con el arco. Onnis no sólo hacía goles: los acumulaba con una naturalidad desconcertante. En Francia marcó 381, una cifra que todavía hoy lo sostiene como el máximo goleador histórico de la Ligue 1.
Lo curioso es que ese gigante estadístico, ese animal del área que llegó a 461 goles oficiales y se metió en el podio histórico argentino por encima de nombres como Carlos Bianchi o Sergio Agüero, vive hoy en el anonimato. En Buenos Aires camina como uno más. Se sienta en un bar, pide un café y nadie lo interrumpe. Nadie le pide una foto. Nadie parece saber que está frente a uno de los mayores goleadores que dio el país.
La escena contrasta con su otra vida, la francesa. Allá todavía lo recuerdan. A veces, incluso, lo cantan. “En Mónaco no puedo ni caminar tranquilo”, contó en una entrevista con Olé en 2024. “Los de mi edad se acuerdan y me cantan como antes. Hasta el Príncipe Alberto me lo canta”. La distancia entre un lado y otro del océano no es sólo geográfica: también es memoria.
Delio Onnis en Mónaco.
Onnis nunca necesitó grandes discursos para explicarse. Su receta para el gol, según él mismo, tenía más de intuición que de técnica. “Tuve suerte, claro, pero también ese olfato de delantero. Anticipaba las jugadas desde el pensamiento”, explicó en esa misma charla. No se vendía como un virtuoso. Al contrario: se definía como un jugador mental, obsesivo, de esos que estudian al rival y viven cada partido con una fijación casi enfermiza por convertir.
Su historia tampoco empieza en Europa ni en grandes luces. Arrancó casi de casualidad, en Almagro, empujado por un vecino. No había un plan, ni una vocación marcada. Pero los goles aparecieron rápido: 24 en 44 partidos. Después, en Gimnasia, confirmó que lo suyo era serio. Y entonces sí, el salto: a los 21 años armó las valijas y se fue a Francia, donde terminaría construyendo una carrera descomunal.
En Reims empezó a hacer ruido. En Mónaco directamente hizo historia: 223 goles en 280 partidos, títulos, idolatría eterna. A eso le sumó pasos por otros clubes franceses que alimentaron una cifra final que todavía hoy resiste el paso del tiempo. Ni siquiera el crecimiento de figuras modernas como Kylian Mbappé logró poner en riesgo inmediato su marca en la liga francesa.
Delio Onnis en Mónaco.
Pero el fútbol, como la memoria, también tiene sus caprichos. Onnis lo sabe. Por eso no se queja demasiado. “Me gustaría que me reconocieran, pero no me duele”, le contó a Olé en 2024. “Los números están ahí”. Y alcanza con mirarlos para entender todo: 461 goles no son una anécdota, son una carrera entera definida por el gol.
Delio Onnis histórico goleador de la Liga francesa. Foto Luciano Thieberger.
Mucho antes que Messi, hubo un argentino que convirtió el gol en rutina hasta niveles absurdos. Uno que fue ídolo en Europa, leyenda en Francia y desconocido en su propia tierra. Uno que, todavía hoy, sigue tercero en la tabla eterna. Y al que casi nadie reconoce cuando camina por la calle.
