Milei busca seguir rompiendo a martillazos a la clase trabajadora a fuerza de mayor precarización, fragmentación y atacando su organización. Esto va de la mano con un discurso que busca desaparecer a los trabajadores en un mar de “emprendedores” atomizados, levantando como sujeto salvador del país a un empresariado nativo y extranjero que se alinee con sus planes y, sobre todo, los de Estados Unidos y Trump. Frente a los ruidos que comienza a tener su modelo, sectores del peronismo vuelven a propiciar la esperanza en una “burguesía nacional” fantasmal que hace gestos críticos hacia Milei. ¿Qué política necesita la clase trabajadora frente a la crisis argentina?
La agenda pública argentina bajo el gobierno de Javier Milei funciona como una fábrica permanente de argumentos contra la clase trabajadora, con el objetivo de minar su fuerza social. Los salarios serían “demasiado altos”, el gasto público “insostenible”, los empleos estatales son un “subsidio a la pobreza” que hay que limitar (siempre y cuando no sean de las fuerzas represivas), los jubilados aparecen como un costo imposible de sostener y hasta las pensiones por discapacidad quedan bajo sospecha.
La agenda pública argentina bajo el gobierno de Javier Milei funciona como una fábrica permanente de argumentos contra la clase trabajadora, con el objetivo de minar su fuerza social. Los salarios serían “demasiado altos”, el gasto público “insostenible”, los empleos estatales son un “subsidio a la pobreza” que hay que limitar (siempre y cuando no sean de las fuerzas represivas), los jubilados aparecen como un costo imposible de sostener y hasta las pensiones por discapacidad quedan bajo sospecha.
Resulta curioso que quienes están involucrados en curros y estafas como en la ANDIS, en $LIBRA y en los deslomados viajes all inclusive a Nueva York con familiares proyecten una sombra de sospecha sobre cualquiera que cobre un salario, una pensión o una jubilación. Pero es así.
El mensaje es claro: Argentina no prospera porque el empresariado no puede desplegar toda su creatividad debido a las ataduras que le impone una clase trabajadora “cara” e inviable, y porque la “bota del Estado” subyuga no a los jubilados sino a los pobres empresarios. Así, se responsabiliza a los trabajadores por la falta de creación de puestos de trabajo formales o por la crisis del sistema previsional. Se habla de “rigideces laborales”, pero poco se dice de una burguesía que hace décadas muestra una enorme pobreza de imaginación productiva y que ha hecho de la evasión impositiva un deporte olímpico. Una clase que reclama que le bajen los aportes para crear empleo y luego despide y pide que se ajusten las jubilaciones porque “no hay plata” en el sistema previsional.
Unión y división en el techo social de la Argentina
La novedad es que Milei, luego de tener el apoyo unánime y sin fisuras del conjunto de la clase capitalista, explicitó su enfrentamiento con algunos empresarios a los que llama “prebendarios” que osaron cuestionar la apertura indiscriminada de importaciones. En momentos en que comienza a impactar el efecto de los despidos y la caída brutal del consumo, y el descontento que genera eso, Milei suma a la lista de enemigos a magnates como Paolo Rocca y a Madanes Quintanilla.
Su enojo se explica porque, según el presidente, estos empresarios buscan negociar cuotas de mercado interno usando a sus trabajadores como carne de cañón: Madanes Quintanilla con el cierre de FATE o Paolo Rocca amenazando con cerrar plantas o reducir personal. No se trata de un problema de más o menos “prebendas” ya que el gobierno no tiene inconvenientes con otros “prebendarios”como Marcos Galperín, que abrió una batalla judicial contra su competidor chino Temu reclamando una política proteccionista y que es beneficiado por suculentas exenciones impositivas votadas por todos los partidos tradicionales y bancados “con la nuestra”.
El cruce evidencia que Milei, por un lado, necesita un enemigo que explique la destrucción de empleo y las turbulencias de su plan, a la vez que busca disciplinar a otros sectores que puedan sumarse a estas críticas. Por otro lado expresa que aunque entre los diferentes sectores de clase hay grandes consensos, un sector prefiere desarrollar una política financiera y extractivista sin atenuantes y, otro, también cuidar su “patio trasero” en beneficio propio, un mercado interno en el que pisan fuerte, con cuantiosas ayudas del Estado. No parece ser casualidad el tratamiento de algunos medios como Clarín y La Nación de asuntos como la pérdida de empleo, el caso de $LIBRA o las andadas de Adorni y su familia por Nueva York. Hay una disputa abierta y en curso.
Nuestra patria vasalla
Más allá de todo debate interno, la clase capitalista de conjunto, tanto el sector más entusiasmado con Milei, como el que hoy expresa tímidos descontentos después de haber armado su gabinete, hace una lectura de la historia condescendiente consigo misma y condenatoria de los sectores populares, a los que siempre presenta como improductivos, privilegiados, incultos o vagos. Esto, sin embargo, es una operación y mala. “Nuestra” burguesía fue rescatada una y otra vez por el Estado y no dudó en descargar las crisis sobre la clase trabajadora mediante devaluaciones, endeudamiento o ambas cosas, cada vez que pudo. Es decir, es enemiga de los trabajadores, sin más, y no es cuestión de andar buscando bandos amigos.
Son los mismos que antes de que cayera una dictadura que promovieron, se aseguraron de estatizar sus deudas privadas. Madanes, por ejemplo, estatizó unos 230 millones de dólares de deuda de Aluar, que pagó toda la sociedad. En los años noventa esa burguesía se benefició como socio menor de las multinacionales en las privatizaciones mientras el país se hundía en la desocupación masiva y la desindustrialización. Luego de haberse dividido entre devaluadores y dolarizadores en el crepúsculo de la convertibilidad, durante el kirchnerismo la clase capitalista de conjunto (industriales, sojeros, bancos, cerealeras, supermercados y especuladores) obtuvo tasas extraordinarias de rentabilidad apoyadas en la devaluación salarial, el auge de las materias primas y la pesificación de ahorros, sin modificar significativamente la estructura dependiente de la economía. No hubo ahí ningún sector que se proponga modificar la estructura industrial, desafiando la dependencia económica y productiva de Argentina.
En concordancia, cada vez que obtuvo ganancias extraordinarias nuestra burguesía las fugó a paraísos fiscales y ahí tampoco hay diferencias esenciales entre sectores de la clase capitalista. Se chocan en las colas de los paraísos fiscales. Esa fuga es la contracara de una deuda externa que ningún gobierno cuestionó. La deuda pasó de unos 8 o 9 mil millones de dólares en 1976 a 45 mil millones al finalizar la dictadura, y hoy supera los 300 mil millones. Esa es la herencia de una burguesía que se jacta de “cargar el país al hombro”. En eso hay unidad de clase.
Se trata de una clase que rara vez invierte en proyectos productivos de largo plazo, a no ser que estén ligados al extractivismo más abyecto. No construye siderúrgicas, astilleros ni represas. Prefiere la renta rápida: negocios financieros, exportaciones primarias o actividades garantizadas por el Estado, como los servicios privatizados. Incluso los llamados “unicornios” tecnológicos suelen ser adaptaciones de modelos extranjeros sostenidos por políticas públicas. Basta ver el interés de Galperín en integrar Mercado Pago al sistema de pagos de ANSES.
Lo más importante: toda discusión entre empresarios desaparece cuando se trata de reducir los derechos laborales directos, de pagar menos impuestos y avalar el ahogamiento de la salud y la educación públicas. Ahí se ven los intereses en común de su clase, como sucedió con la Reforma Laboral.
El problema, entonces, no es un sector de esa clase: es la clase misma. Mientras la deuda crecía y la pobreza pasaba de cifras de un dígito a niveles del 30 %, 40 % o incluso 50 %, los principales empresarios acumulaban fortunas gigantescas. En el último ranking Forbes de las personas más ricas del mundo, el dueño de Techint, Paolo Rocca, declaró 7.300 millones de dólares; Galperín, 7.200; los Bulgheroni, 5.100; Eurnekian, 4.800. La desigualdad es un “producto regional” creciente y eso une a los empresarios fanáticos mileístas y a los “prebendarios”. Todos dicen haberlas construido con esfuerzo individual, pero en realidad fueron generadas por el trabajo de millones de trabajadores, con salarios bajos y bajo gobiernos de todo tipo: dictaduras, radicales, peronistas, derechistas o progresistas. Con esfuerzo de nuestra clase, la trabajadora.
“Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas”. Hace más de 80 años, en 1944, Atahualpa Yupanqui componía El arriero y describía la realidad del trabajador rural. “Las penas son de nosotros, las vaquitas de Anchorena” se completaba muchas veces para darle nombre a esa ajenidad de nuestra clase. Casi un siglo después nadie podría decir que esta situación cambió su esencia.
Crisis política y la trampa de una nueva moderación
El experimento Milei comienza a mostrar grietas. El malestar social crece. Milei dijo que un trabajador despedido es alguien que vuelca 300 dólares de indemnización al consumo y al mercado. Pero no. Un despedido es una familia que pierde su ingreso para comprar la comida y que junta bronca, no solo tristeza. Las propias encuestadoras afines al gobierno lo comenzaron a poner sobre la mesa. Escándalos como el de Adorni no se generan en una cámara de vacío sino en un ambiente social donde cualquier chispa puede provocar un estallido. Esto es el trasfondo de la simpatía que está cosechando la izquierda.
Hay un elemento, incluso, que hasta hoy era una fortaleza y comienza a ser una debilidad: la atadura de Milei a Donald Trump también abre un escenario de incertidumbre por las guerras que provoca y por su posible fracaso en las elecciones de medio término en EEUU. Y ante este tembladeral aparece la propuesta de una nueva “moderación” para superar la era libertaria.
Frente a ese declive libertario, comienzan a sugerirse las variantes para una “superación por la vía de la moderación”. Como parte de esas operaciones, la reciente Expoagro fue un encuentro con rasgos sutiles de oposición light, con Clarín y La Nación ostentando sus vínculos con Macri, Villarruel, Kicillof o Pullaro. Sin embargo, ¿puede surgir de aquí una alternativa favorable a los de abajo? No. Por eso miramos con desconfianza esas “nuevas voces” que buscan canalizar estas nuevas-viejas propuestas.
Esos proyectos no cuestionan los fundamentos del modelo: comparten la apuesta al extractivismo, la dependencia exportadora y la subordinación al gran capital y la voluntad manifiesta de limitar las aspiraciones y las luchas de la clase trabajadora. La diferencia con Milei es si esto tiene que ir de la mano con otro tipo de cambio, algunas políticas proteccionistas y con formas un poco, solo un poco, más amigables.
Dentro de esa inicial discusión de salidas supuestamente alternativas a Milei, sectores del peronismo, entre ellos Miguel Pichetto, buscan reconstruir una alternativa que promete estabilidad frente a los excesos libertarios. Incluso llegó a reunirse con Cristina para ello. El mismo dispositivo que impulsó el peronismo en 2019 frente a Macri, vuelve en forma de farsa, con figuras colaboracionistas de Milei, como el propio Pichetto, que quiere tender puentes con los traidores, con los gobernadores peronistas que acompañan las reformas contra derechos laborales y con sindicalistas vendidos. Esto es la contracara de impulsar la participación del pueblo trabajador en la escena política. Eso explica la condena de Pichetto al clasismo cordobés de los 70 o a las fábricas recuperadas como Zanon-Fasinpat en el Congreso.
Vuelve la cantinela de “ampliar la unidad” porque “hay 2027”. Pero hay amplios sectores de la población que ven necesario enfrentar con fuerzas a este modelo y que el camino no es el abrazo con los traidores. Esto explica la simpatía que está cosechando la izquierda y que se ve con claridad en momentos clave, como la lucha contra la reforma laboral.
El peronismo hoy no solo no tiene sino que no puede tener un programa de desarrollo e independencia nacional frente a la crisis actual. ¿Cuál sería su base social? ¿Los Paolo Rocca? ¿La burguesía agraria? No dejan de ser socios de los grandes grupos económicos imperialistas. ¿Por qué sería diferente la “Pichetto experience” del desastre de Alberto Fernández, el ajuste de Massa o la estafa de Scioli? No es casualidad que el desaparecido Sergio Massa esté “trabajando” para uno de los fondos buitres más grandes del mundo.
Pedirles que cuestionen las ataduras del país a un modelo de saqueo, empezando por la deuda externa, sería pedirle al chancho que cuide el jardín de margaritas. El proyecto de conciliación de clases tiene este problema en el centro, no hay sectores de esa famosa “burguesía nacional” que no estén ligados a los capitales imperialistas. Es tanto el miedo de la dirigencia peronista a cualquier tipo de enfrentamiento con el imperialismo que ni siquiera se escuchan voces para repudiar el ataque de EEUU e Israel contra Irán, y que, salvo tres o cuatro voces no han repudiado el genocidio en Gaza para no incomodar al sionismo.
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Una clase creativa, la clase trabajadora
Frente al mito que la clase dominante construyó sobre sí misma, conviene recordar que la clase trabajadora discutió qué país construir: en las grandes huelgas, en el impacto de la Revolución Rusa, en los levantamientos obreros de los años 30, en la resistencia al golpe de 1955 o en el Rosariazo, el Cordobazo y sus réplicas en distintas ciudades del país. Esa energía obrera y popular es la que hoy intentan contener la burocracia sindical y el peronismo. Nosotros queremos volver a ella. Y para eso es clave, innegociable, reivindicar la independencia política de la clase trabajadora respecto de la clase capitalista argentina, sea cuales sean sus fracciones.
Esa historia gloriosa no casualmente soportó una larga zaga de represiones contra grandes gestas fundacionales de nuestra clase trabajadora: desde las huelgas de comienzos del siglo XX, la Semana Trágica y la masacre de La Forestal hasta los golpes militares, la represión al frigorífico Lisandro de la Torre o incluso el bombardeo a población civil en 1955. Hoy, a pocos días de cumplirse 50 años del golpe genocida de 1976, más que nunca es urgente discutir el rol de estos empresarios en la dictadura, con casos emblemáticos como Acindar, Ledesma o Mercedes-Benz. Nadie recuerda con orgullo la tortura y los fusilamientos de la clase dominante, pero sí cuando las masas mostraron su espíritu rebelde y de escisión. Esa historia guía nuestro futuro y justamente por ello, muchos quieren borrarla o que sea una foto en sepia.
Es una salida de clase y es con vos
La historia argentina muestra que cuando los trabajadores irrumpen en la escena política el tablero cambia. Ocurrió en los años 60 y 70 y también, con sus límites, en 2001.
Esa energía desplegada en el 2001 fue luego desarticulada mediante la cooptación, la corrupción y la represión, integrando a sindicatos, movimientos sociales y organizaciones al aparato estatal. Esa desmovilización fue clave para que gobiernos posteriores aplicaran políticas de ajuste con escasa resistencia. Algunas de estas cosas ya desarrollamos acá.
Aun así, desde que asumió Milei hubo grandes huelgas docentes, tomas de fábricas, movilizaciones universitarias, marchas de mujeres y grandes paros generales. La predisposición social a luchar existe, aunque aún no sea desbordando a las conducciones actuales o con procesos de autoorganización que hoy las pongan en cuestión. Pero ese camino es el que necesitamos transitar.
El problema es que las fuerzas políticas dominantes son enemigas de ese protagonismo. Por el contrario, todos sus discursos –del libertarismo a la moderación peronista– coinciden en algo: que la clase trabajadora acepte ser la variable de ajuste y que los empresarios ganen mucho.
La simpatía creciente que existe con la izquierda, especialmente con Myriam Bregman y Nicolás del Caño, expresa esas ganas de lucha y el apoyo a una serie de valores contrarios a los que milita este capitalismo neoliberal. “Soy peronista pero los banco a ustedes porque los nuestros no están” es algo que cada día escuchamos más. Para que se desarrolle una alternativa de independencia de clase hay que recorrer mucho camino, los debates sobre el peronismo como idea de conciliación de clases se irá dando en las charlas y en la experiencia. Pero algo es seguro, solo desplegando la organización de miles, de decenas de miles, con fuerza en los lugares de trabajo, estudio y territorio –con asambleas, coordinadoras y nuevas formas de organización– puede construirse una alternativa al fracaso reiterado de la clase capitalista argentina. Y eso amerita que cada uno actúe y sea un sujeto político de su clase. Hay que romper con la idea de que la salida vendrá desde arriba y de la mano de la clase social que nos trajo a este atolladero. La idea de conciliar los intereses con la clase que se beneficia con nuestros esfuerzos, no va más. La idea de reciclar traidores y burócratas sindicales en nombre de la “unidad”, tampoco.
La pregunta no es si Argentina tiene salida. La pregunta es quién la protagonizará.
Los grandes empresarios siempre tienen una: descargar la crisis sobre nosotros y nosotras. La cuestión es si la clase trabajadora logrará imponer un programa alternativo. Hoy en día, incluso las cuestiones más elementales como un proyecto que priorice la soberanía económica y la alimentación de las mayorías, que frene la fuga especulativa y los negociados de los bancos, que tome el manejo de nuestros bienes comunes naturales en un contexto de guerra, y que garantice los derechos básicos como salud, educación, vivienda y transporte, chocan con los intereses de los dueños del país. Frente a una crisis mundial que actualiza situaciones de guerra, de crisis económicas y de lucha de clases, hay que discutir salidas y medidas de fondo, que pongan los intereses de las mayorías populares frente a una clase social parasitaria.
La propuesta de construir un partido de trabajadores, que planteamos desde el PTS, apunta en esa dirección: no un frente electoral subordinado a un peronismo agotado, sino un protagonismo de quienes vivimos de nuestro trabajo, que sea capaz de discutir una salida socialista y democrática, junto al movimiento de mujeres, la juventud sin derecho y las clases medias golpeadas por la crisis. Un proyecto de los que queremos atacar a la Argentina capitalista de la desigualdad y el atraso.
Evitar que la historia se repita como el mito de Sísifo exige construir algo nuevo, una salida de trabajadores y trabajadoras a la crisis del país moldeado por la clase capitalista. Y esa es, precisamente, la tarea de la militancia que impulsamos hoy. Porque sin militancia no hay paraíso.
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Octavio Crivaro
@OctavioCrivaro
Sociólogo, referente del PTS y el Frente de Izquierda Unidad de Santa Fe
Patricio del Corro
@Patriciodc
Sociólogo, dirigente nacional del PTS y legislador MC de CABA por el FIT-U
