Entre el precio del combustible, el boleto y los gastos diarios, cada vez es más difícil proyectar el futuro. Una reflexión sobre el costo de vida en la provincia.
Empecé a pensar esta nota en una charla entre amigas en la que cada una comentaba, entre el enojo y la indignación, lo que gastaba en combustible. Llenar el tanque de un Prisma (56 litros, aprox.) cuesta entre $100.000 y $110.000. Por su parte, la que tiene un Fiat Mobi (47 litros aprox.) gastó $90.000 en la última carga. No me quiero ni imaginar lo que gasta la persona que tiene camioneta, o la que vive en La Banda y tiene que trasladarse dos veces al día hasta Santiago Capital para ir al trabajo. Y sí, ya sé. Esta queja viene desde el privilegio de tener un auto. Pero incluso desde ese privilegio aparece algo que cada vez pesa más: la sensación de no saber.
Porque quienes usan otro tipo de movilidad tampoco la pasan mejor. Entre el precio del boleto —que casualmente vuelve a discutirse mientras las unidades siguen en pésimas condiciones y las frecuencias desesperan a cualquiera—, Uber, que aun siendo más barato que un taxi o un remis también cambia de precio según la hora, el clima y la demanda, y los gastos diarios que no paran de subir, una termina entendiendo perfectamente por qué las motos invadieron la ciudad en los últimos años. Incluso pasando por alto, muchas veces, las cuestiones de seguridad. Y aun así, nada garantiza poder responder una pregunta bastante básica: cuánto cuesta trasladarse.
O mejor dicho: cuánto cuesta vivir. Porque ese es, para mí, uno de los grandes males de esta época. El no saber. Y es irónico, porque mientras en redes sociales y medios abunda la información —la famosa “infodemia” que aprendimos a nombrar durante la pandemia—, cada vez es más difícil responder con certeza cuánto va a costar algo mañana. Lo que sea. Nafta. Carne. Luz. Un alquiler. Un remedio.
No hablo de inversiones ni de dólares. Hablo de cosas básicas. Y pienso mucho en eso cuando veo a gente con pluriempleo —otra de las palabras de moda de este tiempo— haciendo malabares entre varios trabajos, hijos, tareas domésticas y cuentas. Con la presión constante de tener que agradecer tener más de un trabajo porque “siempre hay alguien peor”. Y aun así, sin poder proyectar dos semanas para adelante porque no saben cuánto va a costar llenar el tanque la próxima vez. ¿Cómo hace alguien para organizar su vida así? Y no hablo solamente de quienes todavía tienen cierta estabilidad.
¿Cómo harán los jubilados que cobran menos de $500.000 de mínima para proyectar algo cuando tienen que pagar luz, agua, gas, comida, médicos y remedios, y ninguno de esos gastos tiene un valor mínimamente estable? ¿De qué estabilidad estamos hablando? ¿Cómo harán las familias con muchos integrantes, o quienes sostienen solas una casa, para llegar a fin de mes cuando ninguno tiene un empleo formal y se ganan el día a día vendiendo tortillas rellenas en el parque o en la plaza del barrio?
Recuerdo hace unos meses, cuando el Río Dulce desbordó y evacuaron familias de La Banda. Ahí pude ver de cerca algo de todo esto que intento explicar. Una mujer, Mariana, ofrecía su casa para recibir vecinos evacuados. Mientras tanto, una fila de chicos jugaba a mojarse los pies, todavía con esa inocencia que les permite no entender del todo que habían perdido lo poco que tenían. Y Mariana decía algo muy simple: “Hoy vemos qué hacemos. Mañana veremos”.
El hoy era conseguir un lugar seco para dormir, que los chicos coman algo caliente, era organizarse entre vecinos para que no falten frazadas, ropa y alimento. Todo resuelto entre personas comunes, organizadas casi automáticamente, porque cuando pasan estas cosas la gente suele responder mucho antes que el Estado. Y ahí pensé: esa gente, ¿puede proyectar algo? ¿Puede pensar cuánto va a estar el kilo de carne el mes que viene? ¿Cuánto va a costar la harina con la que hacen las tortillas que venden todos los días?
Porque hay algo hasta irónico en eso. Mientras todo aumenta constantemente, mientras el combustible cambia de precio, mientras el colectivo vuelve a discutirse y hasta una app te cobra distinto según si llueve o no, las tortillas siguen costando $2.000 hace meses. Y siguen siendo igual de grandes, igual de ricas y hechas prácticamente con tres ingredientes básicos. Casi como un pequeño acto de resistencia artesanal en medio de un país donde nadie sabe cuánto va a salir nada mañana.
Podría seguir esta reflexión hablando de alquileres imposibles, del sueño cada vez más lejano de la casa propia, del cierre de empresas, locales comerciales y espacios comunitarios de asistencia y contención, de la baja en la natalidad y del miedo creciente a maternar o formar una familia en un contexto donde vivir parece cada vez más caro e incierto. Porque aunque a veces intentemos separar los problemas para entenderlos mejor, en el fondo todo tiene que ver con todo. Y sí, sé que tengo privilegios. El mayor probablemente sea poder escribir esto, decirlo en voz alta y detenerme a pensar en estas cosas mientras muchísima gente está demasiado ocupada sobreviviendo.
