Intimidad de la mágica noche de Los Fabulosos Cadillacs en Ferro, por los 30 años de su hitazo Matador

Tras los dos conciertos que este año ofrecieron en un estadio cerrado en Buenos Aires, Los Fabulosos Cadillacs regresaron a su tierra natal, luego de emprender una maratónica gira por diferentes ciudades del Latinoamérica y Estados Unidos, para coronar así el 2023 junto a sus simpatizantes de la primera hora.

La excusa para que en la noche de sábado tocaran en el Estadio de Ferrocarril Oeste tuvo que ver con la celebración de los treinta años de su hitazo Matador, con el cual consiguieron conquistar a todo el mundillo del rock de habla hispana en el año 1993.

Con casi cuarenta años de trayectoria, la agrupación comandada por Gabriel Fernández Capello, alias Vicentico, hacía muchos años que no cantaba a cielo abierto por aquí: fue una velada especial, pues al final lo suyo terminó por ser un recorrido de gran parte d su historial, sin olvidarse de ninguna de sus canciones de cabecera, alternándolas con otras que no consiguieron popularidad, pero que son composiciones amadas por sus fanáticos acérrimos, ésos que los siguen desde tiempos del under.

Aunque el concierto fue anunciado para las 21, comenzó una hora después, pues cuando aún faltaban tan solo quince minutos para su inicio aún había una cola de más de dos cuadras sobre la Avenida Avellaneda, una de las arterias principales del barrio porteño de Caballito.

Un show para varias generaciones

Anunciado para las 21, el show arrancó una hora después por las largas colas de ingreso. Foto Juano TesoneAnunciado para las 21, el show arrancó una hora después por las largas colas de ingreso. Foto Juano TesoneMucha agua corrió bajo el puente en la larga trayectoria del grupo bonaerense; por lo tanto no era descabellado que hubiera un público heterogéneo, que incluyó a padres con hijos, con una mayoría de hombres y mujeres que oscilaban entre los cuarenta y los cincuenta y pico de años.

Apenas un par de minutos pasadas las diez se encendieron las luces del imponente escenario y apareció en el centro Vicentico, con un típico look de rockstar. De riguroso negro, lució un sobretodo abierto, guantes en sus manos y lentes oscuros.

Llamativamente delgado, lucía impecable y con una energía contagiosa: durante las dos horas de espectáculo, nunca dejó de bailar y saltar.

A su izquierda estaba su ladero de siempre: el bajista Flavio Cianciarulo, más conocido como Señor Flavio, quien vestía con pantalón corto y una remera negra con el nombre de la histórica banda que les pertenece.

La maquinaria sonora lo arrasó todo desde el principio, cuando eligieron abrir el largo set de veinticuatro canciones con varias al hilo: Bares y fondas y Noches árabes (de su primer disco, en 1986), Mi novia (de su segundo trabajo) y Carmela, canción que grabaron en Bahamas en 1995 y forma parte de Rey Azúcar.

Esa catarata de canciones, casi sin respiro alguno, fue acompañada por imágenes de ellos en blanco y negro a través de dos enormes pantallas laterales y una sobre el telón del fondo.

De pronto llego Estoy harto, letra insignia de ellos de los lejanos ochenta, en clave de género ska, cuando aún se vestían como rude boys (chicos rudos) y marcaban tendencia entre los jóvenes.

En este repaso de épocas que propusieron, también los colores ocuparon un papel destacado: a veces aparecía el sepia, o bien el rojo o el violeta o lo psicodélico, tanto en imágenes como sobre el escenario en su impresionante iluminaria

Por otra lado, el asunto de la arenga no corrió solo por propia cuenta de Fernández Capello: sus compañeros tampoco dejaron de bailar, saltar y contagiar a las masas.

Un verdadero showman en escena, Vicentico. Foto Juano TesoneUn verdadero showman en escena, Vicentico. Foto Juano TesoneLuego de comenzar a plantear su latinización de la mano de El león, con un encendido de luces amarillas entremezcladas con humo, Vicentico se sacó los guantes y los arrojó al piso.

“Noches de calor en la ciudad, ella me dejó y todo sigue igual”, de pronto cantaban todos los músicos sobre tablas, a su vez dándole pie al público, que se enganchó de inmediato.

A la filmación del vivo, las cámaras no eludían a ninguno de los integrantes, haciendo foco principalmente al saxofonista Sergio Rotman y la línea de bronces y a Fernando Ricciardi, quien demostró por qué es uno de las bateristas más completos del rock latino.

De pronto Vicentico se sacó el sobretodo, la camisa y se quedó en remera de mangas cortas. Fue justo para El genio de dub, uno de las mejores canciones de toda la discografía de los Cadillacs, en donde la rítmica y la armonía de los vientos resaltaban de forma sublime.

Sergio Rotman, por su parte, saltaba y corría de un lado para el otro, agitando a sus compañeros de banda. Mientras Tanto, Vicentico desde el centro de las tablas sumaba algunas frases de resistencia sudamericana contra la opresión.

No tardó en llegar el sonido caribeño con Calaveras, destacado tema exitoso.

A pesar del calor agoiante, los fans de los Cadillacs no quisieron perderse la fiesta de Ferro. Foto Juano TesoneA pesar del calor agoiante, los fans de los Cadillacs no quisieron perderse la fiesta de Ferro. Foto Juano Tesone

La noche mágica de Vicentico

Distendido y con un visible rostro de felicidad, el cantante se divertía, además de trabajar: jugaba con un bastón en mano y tomaba la palabra por primera vez:

«Hola, buenas noches, qué alegría volver a estar aquí hoy. La verdad, una alegría inmensa para nosotros terminar el año aquí. Estar juntos, tocando para todos ustedes”, expresó.

Después invitó a jugar a tres sectores del estadio, para analizar quién cantaba más fuerte. Utilizó Calaveras y diablitos para esa comunión.

Entre ese ida y vuelta, las cámaras resaltaron una foto que colgaba a un costado de los músicos: era la de un ex compañero de ruta, el percusionista Gerardo “Toto” Rotblat, fallecido en 2017.

Seguidamente, se iluminó de nuevo de rojo todo el escenario para dar paso a Los condenaditos, canción que estuvo acompañada por fotos de velas encendidas en las tres enormes pantallas.

Vicentico cantó, bailó y habló la política argentina. Foto Juano TesoneVicentico cantó, bailó y habló la política argentina. Foto Juano TesoneEn ese momento, Rotman tocaba la pandereta, acompañando a los maestros de la batería y la percusión.

«Muere en paz, ya nadie te espera”, repetiría por su lado el frontman.

E hizo referencia a la lluvia “para que nos limpie”.

Al producirse uno de los pocos instantes de silencio, fue Cianciarulo quien comandó el clima. Con uno de sus pies apoyados sobre un bafle se puso a tocar con el bajo Mañana en el Abasto, canción del recordado Luca Prodan.

Sucedieron canciones como Saco azul, Número 2 (Vicentico tocó la guitarra) y Muy temprano, hasta que llegó un popurrí con Botellas rotas,Cartas Flores tengo solamente y Revolución. Esta última, representativa de los tiempos en los que se atrevieron a explorar otros ritmos latinos en la década del noventa.

Detrás de unas imágenes de mar, llegó Siguiendo la luna, uno de las canciones del corazón que sonó hasta el hartazgo cuando editaron el álbum El León.

Asimismo, continuaron con sus grandes éxitos: Carnaval, Mal Bicho y Satánico, que denuncia el mal accionar de un ex manager del conjunto. Con célebres frases como “Siempre algún idiota para convencer. Hablás sobre mi vida como mi papá. Los Cadillacs tocando para vos, los Cadillacs tocando para vos”.

Luego de todas esas legendarias canciones, llegaron los ritmos de mayor baile en la noche, a través de sonidos murgueros e incluso reflejando la época de las batucadas de la banda, que es leyenda en América entera.

Y allí improvisó Fernández Capello, de manera irónica: «Nos vamos a los años 80, ya no hay temas como éste, hoy levantamos la cola y decimos reggaetón. Para luego pedir «paz en el mundo», tal como dice la letra en su original.

Posteriormente, el vocalista se despidió por primera vez de sus incondicionales: «Adiós, hasta siempre, aunque nunca se sabe», saludó. Aunque luego reaparecieron para los bises, cuando restaban aún quince minutos para el desenlace.

Como era de esperar, sucedió tal cual en cualquier recital de rock: el público pide por más y los músicos regresan prontamente.

Qué mejor manera de retomar con Matador, con la que lograron su pico de popularidad, con comentarios a favor de Víctor Jara en parte de su letra.

Tras Silencio, el primer tema de la banda que sonó en radios en los ochenta, Vicentico hizo referencia al momento político actual en Argentina.

“»Hola, ¿qué tal? ¿Cómo está la cuestión? ¿Cómo está la grieta? Ellos, la verdad, me rompieron el orto«, expresó, dejando en claro que no está contento con el resultado de las últimas elecciones en el país.

Pese a que gran parte de los presentes cantó en contra del presidente electo, Javier Milei, Vicentico se mostró algo escéptico y desconfiado: “No sé. No sé”, puso en duda.

Luego retomó el canto y su método de improvisación, lanzando mensajes ideológicos.

«Se sostienen las frustraciones si se suman las canciones. Hoy lloré canción, hoy lloré canción por todo el mundo y x la tierra mía, pensando en un mundo mejor», enunció.

Hasta que se despidió antes de tiempo, cuando fue el turno de Vasos vacíos.

«Bueno, muchísimas gracias, chau. ¡Hasta siempre!”, exclamó.

Sin embargo, llegó Oh Oh, la infaltable y tan pedida por sus seguidores.

A continuación, ya no hubo más excusas: fue el momento de partir.

Al retirarse, las treinta y cinco mil almas lucían con sonrisas de oreja a oreja. Claro está que los responsables de esa denotada felicidad fueron Los Fabulosos Cadillacs, el grupo argentino más representativo del rock en toda Latinoamérica.

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