«¿Qué pasó, Javier?»: los diálogos Mauricio Macri-Javier Milei y la trama oculta del acuerdo

—¿Qué pasó, Javier? —preguntó Mauricio Macri al atender el celular, sin siquiera decir hola.

Viernes, 9 de la mañana. El ex presidente estaba en el Club Argentino de Tenis. Desde ahí, después de entrenar, había brindado la entrevista en Radio Mitre para decir que Javier Milei era el único camino que tiene la Argentina para vencer al kirchnerismo.

Dijo, también, otras cosas. Que no se podía ser neutral en el balotaje del 19 de noviembre, que los radicales Gerardo Morales, Emiliano Yacobitti y Martín Lousteau proponen esa vía de supuesta imparcialidad para “transar” con Sergio Massa y que a Elisa Carrió le “ganó el ego y se convirtió en dañina”. Las redes explotaron. Los periodistas cercanos al oficialismo dedicaron buena parte del día a titular, en tono de burla, que la decisión de Macri respondía a un pedido de su hija Antonia. En La Cámpora, de pronto, recuperaron el habla. Faltó la voz de Cristina, que celebró en privado el estallido de la interna, aunque alertó sobre los votos que rápidamente podrían cruzar de Patricia Bullrich hacia el economista libertario. La crisis en la oposición se aceleró. Morales y Lousteau acusan al ex presidente del fracaso electoral, como antes lo había hecho Carrió.

Macri no volvió a contestarles. Cuando sonó su celular en el club de tenis, el fundador del PRO conversaba en el bar con dos integrantes de la Fundación Libertad. Por alguna razón, decidió atender con el altavoz de su teléfono activado.

—Me dijo Julio, mi chofer, que anoche te peleaste de nuevo por televisión en el programa del Pelado Trebucq —planteó Macri.

Los vecinos de mesa escucharon el comienzo de la conversación y reconocieron la voz de Milei. Una joven tenista, que trabajaba con su computadora portátil, alzó la vista.

—No, digamos, a ver, te voy a explicar -dijo el candidato de La Libertad Avanza-. Había un paro en el canal y se escuchaban murmullos detrás de las cámaras. Una mujer gritaba y me desconcentraban, no sabés lo que era.

Macri se sintió observado, quitó el altavoz y se llevó el teléfono al oído.

La charla duró un buen rato. Macri escuchó la explicación de Milei y le pidió lo que le viene pidiendo –casi una súplica– desde hace mucho tiempo: que baje el nivel de confrontación, que no se pelee con los periodistas, que no grite. “No tiene que parecer un loco”, aconsejan los asesores que antes trabajaban para Macri. Consejos que parecen sencillos y de los que habían hablado, largamente, el martes a la noche en Acassuso, cuando Macri lo recibió en su casa para sellar un acuerdo rumbo al balotaje contra Massa. Se habló, además, de una eventual gobernabilidad y de la fiscalización. Los macristas creen que La Libertad Avanza fiscalizó mal y que el kirchnerismo se aprovechó. Podrían hacerse cargo del operativo. Paula Bertol tiene una carpeta con 130 mil fiscales para supervisar 16.942 establecimientos y 104.000 mesas.

El martes en Acassuso fue el final de dos conversaciones previas que Macri mantuvo con Bullrich. La primera, el lunes a la tardecita, después de un llamado de su ex ministra. “Mauricio, ya tengo todo claro, me decidí. Hablemos”, le transmitió.

La noche anterior, la de la derrota, Bullrich había llegado cerca de la medianoche a su departamento de Palermo. Quiso dormir pero no pudo. Se levantó a las dos de la mañana y fue a la biblioteca. Leyó en diagonal su propia tesis doctoral de Ciencias Políticas, titulada: “Articulación, desarticulación y rearticulación del sistema político y de partidos en la Argentina 1999-2007”. A las 2.19, sus colaboradores recibieron un mensaje en el grupo de WhatsApp de campaña: “A las 8 de la mañana quiero a todo el mundo en la oficina”.

Los esperó en su despacho, una oficina de seis metros por cuatro decorada con una mesa de madera, bibliotecas vacías, un televisor, una Bandera argentina y dos ventanas que dan al pulmón del edificio de Hipólito Yrigoyen 434. Bullrich bajó línea: “El país tiene una nueva estructura social que no percibimos y estamos ante el riesgo de quedarnos sin alternancia. Massa se va a llevar a la mitad del PRO y a la mitad de la UCR. Vamos a tener massismo y peronismo, mafia y corrupción de acá a los próximos veinte o treinta años. Tenemos que ir con Milei”.

El domingo le había mandado un mensaje a Milei para felicitarlo por entrar a la segunda vuelta. El libertario no le contestó. Bullrich fue a ver a Macri en persona el lunes cuando caía el sol. Le contó su determinación con detalles. Los confidentes de Macri querían hacer un focus group antes del anuncio. Bullrich confió que no se podía especular, que había que actuar por convicción. “Qué rápido te decidiste, me alegro”, celebró Macri. Entonces confesó lo que para nadie era una sorpresa: que venía hablando con Milei hacía mucho.

Tarde para pasar facturas, debe haber pensado Bullrich. Quedaron en que Macri armaba la reunión, bajo estricto secreto. Se concretó el martes a las 20.30. Antonia Macri abrió el portón de la casa de Acassuso para que entraran Milei y su hermana, Karina. El dueño de casa estaba solo. Sirvió Coca Cola light. Esperaban más visitas, pero a nadie se le ocurrió preparar algo para comer. Bullrich llegó a la cita golpeada pero sonriente.

—Acá viene la montonera —ironizó Macri.

—Sí, la que pone bombas en jardines —dijo ella.

Milei se incomodó.

—Bueno, perdón, me equivoqué.

Se abrazaron y se sentaron a la mesa. Bullrich apoyó el vaso de Coca en el piso. Macri, en un momento, se lo tiró de una patada, sin querer. A las 22, sonó el timbre de nuevo. Eran Diego Santilli y Cristian Ritondo. “¿A las 10 de la noche en lo de Mauricio? ¿Para qué?”, habían preguntado cuando los convocó Fernando De Andreis, que en un momento también se sumó al cónclave, lo mismo que Guillermo Francos y Luis Petri.

Santilli se sorprendió al llegar. No le habían dicho que estaba Milei. Mucho no le molestó. “Si no te voto a vos no voy a poder salir de mi casa”, dijo poco después. Macri se relamió. Quizá pensó en Horacio Rodríguez Larreta.

Bullrich le dio a Milei el borrador del texto que pensaba leer el miércoles para hacer el anuncio, en el que condenaba la libre portación de armas y la venta de órganos, entre otros temas. “Me parece bien”, dijo el economista. Al otro día, Bullrich convocó a los dirigentes más importantes del PRO a sus oficinas y reveló lo que tenía en mente. A Larreta y a María Eugenia Vidal -y en parte también a Jorge Macri- les cayó como un baldazo de agua helada. El alcalde dijo que las ideas libertarias son impracticables y alertó sobre la posible ruptura del espacio.

Algo se había intuido en el búnker de Parque Norte, el domingo, cuando Bullrich jugaba al misterio. Gerardo Morales y Lousteau habían exigido un discurso que fuera por el medio: que criticara por igual al kirchnerismo y a La Libertad Avanza. “Voy a hacer lo imposible para que no gane Milei y no pienso volver a sentarme con Macri”, advirtió Morales.

El clima era de decepción. Carrió se quedó un buen tiempo con Bullrich. La contuvo y le pidió prudencia discursiva en la derrota. La jefa de la Coalición Cívica se cruzó al rato con Daniel Angelici. “¡Qué horror!», gritó. El ex presidente de Boca la miró con desdén. Carrió lo desafió: “Vos tenés una bóveda en el cementerio de La Recoleta, típico de nuevo rico. Yo me voy”.

A las 22.18, Bullrich subió al escenario. Habló seis minutos y medio. Criticó a Massa y le hizo el primer guiño Milei. Los radicales se fueron enojados.

A 7 kilómetros de Parque Norte, en el Complejo C, el búnker de Unión por la Patria, todo era euforia. Massa no se apartaba un segundo de su celular.

Esa misma noche, el ganador de las elecciones comenzó a trabajar en la segunda vuelta y en seducir a viejos amigos, que hoy están en las filas del PRO. A varios de ellos les envió un mismo mensaje: “¿Y?¿Qué pensás hacer de tu vida?”.

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