¿Se debe entrevistar a terroristas? “Es imprescindible para la generación de conocimiento”

La entrevista del periodista televisivo Jordi Évole al terrorista de ETA Josu «Ternera» ha generado un encendido debate sobre si se debe dar voz a un asesino o si, en el proceso, se le está blanqueando. ¿Se debe debe entrevistar a un terrorista?

El politólogo e historiador Jerónimo Ríos (Madrid, 1982) cree que sí. Él ha conversado como parte de su trabajo académico con decenas de etarras no arrepentidos, y con centenares de miembros de las guerrillas colombianas FARC o ELN o de la peruana Sendero Luminoso. Ríos es doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y en Humanidades por la Universidad Rey Juan Carlos, y ha sido asesor en el proceso de reincorporación de los excombatientes de las FARC-EP tras el proceso de paz de Colombia. Es autor de varios libros sobre las guerrillas latinoamericanas y sobre ETA. Prepara ahora otro con víctimas de la banda terrorista española.

Las entrevistas con estos hombres violentos, dice, le han permitido analizar cómo se justifican personalmente el terror, y qué palabras usan en su discurso. Pero, también, le han permitido salió de la torre de marfil del mundo académico y aprender que las guerrillas no son grupos homogéneos, o que muchos de sus miembros entraron en ellos de adolescentes y con el único objetivo de ser alguien en la vida.

¿Cómo enfocó sus encuentros con los miembros de ETA?

Fueron nueve entrevistas anonimizadas (porque no querían dar la cara) a ex cargos de relativa responsabilidad de los comandos Vizcaya, Donosti y Barcelona. Ninguno se había arrepentido, al contrario de los miembros que optaron por la llamada “vía Nanclares” de desmarque de la línea dura, y sobre los que ya había libros escritos. Yo aproveché mi experiencia con miembros de las guerrillas colombianas FARC y ELN o del IRA de Irlanda del Norte. Pretendíamos hacer pedagogía de lo que fue el terrorismo, de cómo encuentran justificación para la violencia política. Lo que el resto considera barbarie, ellos lo dotan de contenido haciendo uso de mentiras y falacias argumentales. 

¿Cree legítimo entrevistar a Josu Ternera, como ha hecho el periodista televisivo Jordi Évole?

Creo que es imprescindible visibilizar los testimonios e historias de vida de los actores que están detrás de la violencia. Hay que entender todas las circunstancias: no es lo mismo, por ejemplo, la violencia que tiene lugar bajo dictaduras, que aquella que se producen en procesos de transición o en democracias consolidadas. 

¿No se le está blanqueando?

En absoluto. Ahí está la responsabilidad en la dirección del trabajo editorial. La única forma de construir un relato constructivo y comprehensivo es escuchando las voces de los actores de la violencia. Esa documentación no implica blanquear nada, sino comprender la semántica detrás de alguien que legitima la violencia. 

Ha entrevistado a decenas de miembros de las FARC…

Hablé por ejemplo con niños de 14, 15 o 16 años que luego pasarían décadas dentro de la guerrilla. Me preguntaba: ellos, qué son, ¿víctimas o victimarios? Esos paramilitares jóvenes no tenían detrás motivación política, sino entramados familiares desarraigados. Me decían: Jerónimo, me hago paramilitar porque con el fusil infundo miedo y respeto y protejo a mi familia, y consigo a la muchacha que quiero. En ocasiones es todo mucho más banal de lo que se cree.

Armas y explosivos de la guerrilla colombiana FARC. Luisa González

¿De qué le sirvieron académicamente esas conversaciones?

Entrevistar a miembros que han pertenecido a grupos terroristas es imprescindible para la generación de conocimiento. A menudo es fácil pontificar desde los centros de producción de conocimiento, como las universidades. Yo me fui a Ayacucho y a la selva colombiana y pasé tiempo allí para entender esos contextos vitales en los que la violencia aparece como una respuesta coherente al entorno. 

No sólo trató con soldados rasos, también entrevistó y publicó un libro con el último comandante de las FARC, Rodrigo Londoño “Timochenko”…

Traté con él del ciclo vital de alguien que asume de forma indiscutible la violencia y transita hacia la reintegración total de la paz. Eso te permite humanizarlo, que no significa ni blanquear ni empatizar, sino poner ojos y cara a la “gran guerrilla de América Latina”. Pude desmitificar la idea de que las FARC eran una guerrilla sólida, jerárquica y homogénea. Él me hizo ver que no era así. Colombia es un país el doble de grande que España. Lo que ordenaba la comandancia iba cambiando al extenderse por el territorio. Había interpretaciones parciales de los diferentes mandos, subgrupos que no se hablaban entre sí. La comunicación dentro de esos grupos de las FARC muchas veces era mínima y sesgada. 

Cosas que no podría haber aprendido si hubieras vetado esas entrevistas. Hay un componente epistemológico en todo esto…

Exacto. Trabajar con esas fuentes te permite acceder a información que no está documentada, precisamente porque son grupos clandestinos. Sólo te queda la historia oral. Hay que capturar esos testimonios, todas estas aristas de personalidades y personalismos. Hay que ponerles ojos y cara. Entrevisté a jefes paramilitares con 4.000 muertos a sus espaldas. Me interesaba saber cómo alguien puede legitimar eso ante sí mismo, cómo responsabilizan a otros, qué artificios semánticos y semióticos usan para normalizarlo en su vida cotidiana. 

Ahora prepara un libro con víctimas de ETA…

Sí, hemos hablado por ejemplo con Maixabel Lasa, la viuda de Juan María Jáuregui, asesinado por ETA. Su testimonio es demoledor: dice que todos tienen derecho a cambiar, incluso quienes mataron a su marido. Se habían convertido en personas arrepentidas, avergonzadas, y cuando salían de la cárcel eran personas abochornadas. En el caso de las víctimas, tampoco podemos exigirles que perdonen. Las víctimas no tienen por qué perdonar. 

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