La historia del baqueano del agua en el río Paraná: pasero, verdulero y jockey de carreras ilegales

El río Paraná modela las costas del norte argentino. Tiene una longitud de 2.546 kilómetros que si se toma en cuenta desde su origen, en el río Grande, son más de 4.000 kilómetros, lo que lo posiciona como el segundo más largo de América del Sur tras el Amazonas. Su nombre proveniente de la lengua guaraní se traduce como “emparentado con el mar”, así lo entendieron sus primeros navegantes al recorrerlo, al dimensionar su extensión, profundidad y poderío.

Arrastra, con su fuerza, sedimentos y eso le otorga su particular color. Una de sus principales características es que transforma incansablemente su propia morfología, generando bancos e islas. Es testigo también de la vida cotidiana de los paseros, que viene de recorrer estas aguas que son lo único que nos separan de la República de Paraguay.

La periodista de TN y Clarín, Lucía Salinas recorrió el río como parte de la investigación de Fronteras, su libro digital que se puede bajar ingresando a este link. Waldemar es el protagonista de esta historia: dueño de una verdulería, deja la misma para recorrer el Paraná y mover mercadería de una costa a otra. No es la única actividad, que él admite es ilegal, le da un ingreso económico: además es jockey de carreras clandestinas.

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Navegando el Paraná

Ese inmenso río se convierte en lo único que, parados desde la orilla del suelo correntino o misionero, nos separa de Paraguay. Navegarlo no es sencillo pero hacerlo devuelve una sensación respecto de su inmensidad, su frescura, la vida que otorga a quienes conviven con él. Recorrerlo otorga perspectiva para entender por qué es la principal vía navegable de tantas organizaciones criminales.

Paso de la Patria es una ciudad tranquila cuyo boulevard desemboca en el río como todo lo que ahí transcurre. Las lanchas amarradas, como embarcaciones precarias encajadas sobre la arena en la orilla, y aquellas de mayor calidad de diversos colores, configuran el paisaje costero de la localidad de no más de 7.000 habitantes. Todos se conocen en este pueblo chico donde impera la calma entre sus calles, en un notorio contraste con lo que transcurre en su costa.

“Fronteras”, el libro de Lucía Salinas que indaga en la vida, contrabando y narcotráfico del norte argentino

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La embarcación de Prefectura está lista para partir. El cielo nublado hace más ameno el agobio que genera esa inevitable combinación de calor y humedad a orillas del Paraná. El recorrido por aquella frontera de agua, rumbo a sus puntos centrales, lleva más de dos horas y media. Uno se adentra en una inmensidad fluvial que varía según el punto geográfico, en sus colores, en su corriente, en su fuerza.

La libre navegación de ese río emparentado con el mar, como reseña su nombre, reúne botes, lanchas, canoas ubicadas casi estratégicamente, con una distancia no medida con exactitud pero regida por el conocimiento que esos pesqueros tienen del lugar. El surubí y el dorado son codiciados y esperados por las cañas que reposan en aquellas embarcaciones que no se rigen por un tiempo cronometrado: saben esperar. Prestan atención al movimiento del agua, a los indicios que la misma otorga.

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A esa instancia de lejanía de la costa -del país y/o provincia que sea-, no hay diferencias, no hay distinción de nacionalidad. El río los equipara. Todos esos pescadores conviven sin inquietarse por la idea de alguna frontera que pueda separar un territorio de otro. Es una de las particularidades y complejidades de las fronteras fluviales. También, porque hay un punto que termina siendo jurisdicción de nadie.

Después de más de cuarenta minutos de recorrer el Paraná, en el kilómetro 1.240 el motor se detiene. El silencio se apodera de las conversaciones que acompañaban el movimiento de una navegación a contracorriente. La mirada a 360 grados desde la embarcación otorga la información más simple y concreta de que estamos en Confluencia. Desde ese lugar, ubicándose en lo que podría considerarse el centro, se observan tres costas. En este tramo se encuentra el río Paraná con el río Iguazú hasta que se cruza con el río Paraguay. Allí se mezclan, generando una corriente distinta donde los colores que caracteriza a cada uno forman una nueva tonalidad. Confluyen.

En ese punto estratégico, sin el sonido del motor, sin el movimiento que el recorrido produce en el agua, la quietud se apodera de la escena por unos minutos en un total antagonismo con lo que el prefecto mayor Daniel Bonifacini de zona Paraná Superior y Paraguay cuenta. “Acá se producen balaceras nocturnas, persecuciones violentas, cruces clandestinos, es una ruta que mueve droga”. Una vez más: lo que el río lleva y trae.

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El baqueano del agua

“Conocedores de las más indómitas geografías, los baqueanos fueron guía y referencia sin más brújula que su propia sabiduría. Leguas y leguas, a diestra y siniestra, en el horizonte y a nuestras espaldas. ¿Qué si hay caminos delineados o señalización alguna? Nada de eso. Tampoco un mapa capaz de develarnos la topografía que aguarda en un periplo, cuanto menos, temerario para cualquier mortal. ¡Menos mal que están ellos! Dueños de un olfato privilegiado para orientar nuestros pasos aún en medio de la nada… Llanos, bosques, esteros, montañas…nada parece estar fuera de radar para los baqueanos, hombres a quienes cualquier signo de la naturaleza parece oficiar de inequívoca brújula”. (Rocío Areal)

A la frontera de agua no se le puede aplicar el término “invisible” o “borrosa”. Allí está, imponente, el río Paraná marcando lo contrario. Es hipnótico de a momentos, su corriente es el sonido ambiente que convoca de forma inmediata cuando se está cerca. Todo en ese canal fluvial es palpable, concreto, visible. Navegarlo requiere de expertos que conozcan su movimiento, sus sinuosidades, el cambio de su profundidad según por dónde se lo recorra. También las zonas donde hay más rocas, aquellos puntos donde se torna peligroso y desafiarlo puede convertirse en algo de vida o muerte.

El río cuenta con sus expertos, con los conocedores de todo lo que en él sucede. La destreza se observa en un cruce de costa a costa en pocos minutos, a veces con una carga excesiva para la precariedad de sus embarcaciones. Viven de desafiar los controles de las fuerzas de seguridad y de las variaciones del propio Paraná.

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De color verde, desgastado por el sol y esa combinación de tierra que arrastra las aguas del río, el bote se acerca a la orilla de la extensa costa de Paso de la Patria. El punto es estratégico: está alejado del campo visual de Prefectura y en esa zona la distancia con Paraguay es más estrecha. A remo podrá llegar en menos tiempo, pero también cuenta con un motor que reduce los minutos que demanda arribar al otro lado.

Waldemar se relaciona a diario con el Paraná. Conoce esa costa de arena fina y el agua que va mutando su color según por donde se la navega. Pero fue durante el 2020 cuando convirtió los recorridos diarios hacia la costa paraguaya, en “una fuente de trabajo, en un ingreso para poder llevar un plato de comida”, como describe él.

Es un hombre de más de 45 años. Es vigoroso y de sonrisa constante. Su piel acumula horas al sol cruzando el río. Tiene una vida ecléctica: cuando no tiene personas para cruzar o mercadería que cargar en su bote, atiende una verdulería sobre la ruta de acceso a Itatí. Pero además, los fines de semana, es jockey y corre carreras. Todo un contexto de apuestas ilegales. “Todo suma, un poco acá, un poco allá”, dice mientras mueve los remos y sonríe.

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El hombre usa el remo como una suerte de freno para arrimar su bote a la orilla. Elige una zona alejada, con poca corriente. El sol acompaña, la hora igual: recién son las dos de la tarde y el río sólo devuelve quietud. “Es un buen momento para navegar”, dice mientras invita a subir. El objetivo es acercarnos a la costa de Paraguay: sólo tres kilómetros nos separan.

Al inicio, aunque hay algo absolutamente natural en cómo utiliza los remos, como anticipa las corrientes y sabe meterse en ellas o sortearlas, hay cierto nerviosismo en sus palabras. Pero el mismo se va disipando a medida que nos adentramos en el Paraná. El río le proporciona a Waldemar seguridad, conoce todo lo que transcurre allí. Allí el hombre juega de local.

No está desatento nunca al agua, pero sus acciones parecen completamente escindidas. Rema con fuerza, a un ritmo firme y constante, pero nunca mira sus manos, curtidas, fuertes, dañadas por las astillas de la madera que roza todo el tiempo para recorrer el Paraná. Su concentración está en la corriente, en los distintos movimientos que confluyen en esa frontera fluvial. Después de varios minutos de ese accionar casi automatizado por supervivencia pura, ya que admite que no es sencillo recorrer ese canal, la costa argentina se ve lejana, tan sólo como una línea dibujada sobre el agua.

“Fronteras”, el libro de Lucía Salinas que indaga en la vida, contrabando y narcotráfico del norte argentino

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Nos encontramos, posiblemente, en un punto más equidistante. Waldemar detiene el bote y señala una isla que sobresale en el camino. Es una isla con una vegetación frondosa, propia de la región. Es un ícono de las cosas inexplicables en el lugar, “la mitad de esa isla pertenece a Paraguay y la otra mitad a Argentina”, dice Waldemar y ríe. Pero esa peculiaridad es bien aprovechada por los narcotraficantes y contrabandistas: “El bote o lancha llega hasta ahí, deja la mercadería en la isla y otra lancha va de la costa argentina y la busca”.

Es una pequeña avivada conocida por las autoridades judiciales y muchas veces terminan decomisando mercadería detectada en una isla abandonada, sin responsable. “Lo que se arregla es que ellos te lo alcanzan hasta ahí, vos vas a buscar y nadie corre riesgo. Quizás el argentino sí por traer mercadería que no está facturada por Aduana, la mayoría es contrabando”.

En un silencio que no expresa tensión a esta altura, sino más bien algo a lo que invita el Paraná, Waldemar le devuelve acción a su bote al que se le filtra agua a medida que la profundidad del río aumenta. Los remos recuperan rápidamente su velocidad inicial. La precaria embarcación avanza en paralelo a la corriente y de a momentos, la corta para acercarse a Paraguay.

“Fronteras”, el libro de Lucía Salinas que indaga en la vida, contrabando y narcotráfico del norte argentino

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“La vida de un pasero corre mucho riesgo, pero muchas veces es por necesidad. Está la familia y acá no hay mucho trabajo. Suele haber trabajo pero cuando hay turistas, muchos venden choripanes, panchos y así. Y cuando no hay nada de turistas está medio parado el pueblo. La mayoría se dedica a la pesca y lo que pescan lo venden del otro lado, en Paraguay. Obviamente que está prohibido pero muchos lo hacen por necesidad”, relata Waldemar.

Waldemar empezó durante la pandemia a darle más preponderancia a los cruces hacia Paraguay y su explicación una vez más responde a la situación económica de la zona. “Lo hice por necesidad, tengo un hijo y me junté con la madre, porque no soy de acá. Ahora tengo documentos, ya soy de acá de Itatí. Con esta chica que me junté, tenía dos hijos chiquitos, después vino el tercero que es el mío y entonces había que trabajar. Vino el tema de la pandemia donde no se podía hacer nada. Había muchas personas que venían de Buenos Aires y querían pasar al otro lado y les hacía precio porque me servía. No se podía hacer otra cosa, no había otro trabajo y entonces me arriesgaba para poder llevarle un plato de comida a mi hijo”.

A mediados del año de 2023, Waldemar cobraba 15.000 pesos argentinos para cruzar en un día de semana, a las personas. El valor varía si es un fin de semana o un día feriado. Si lo que debe trasladar es mucha mercadería, también fija otro costo. Todo está sujeto a la demanda, pero por día puede llegar a tocar la costa paraguaya más de cuatro veces. A remo puede tardar más de dos horas en cruzar, pero consiguió un pequeño motor que le coloca a su bote y reduce en un tercio el tiempo. Esto le permite realizar más cruces en una misma tarde.

“Fronteras”, el libro de Lucía Salinas que indaga en la vida, contrabando y narcotráfico del norte argentino

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La mercadería que suele trasladar es variada: harina, azúcar, fideos. “Son cosas que allá (Paraguay) valen más que acá. La plata de allá se valoriza más que acá”, detalla. No se muestra curioso, él no hace preguntas, no indaga sobre la persona que tiene enfrente, pero le gusta hablar y parece divertirse cuando cuenta anécdotas, cuando repasa sus experiencias cruzando el Paraná, cuando reconstruye su vida de pasero. “Me contratan para trasladar lo que sea, yo hago el viaje y con lo pequeño que tengo me muevo. No me muevo rápido pero me muevo”.

La Justicia Federal determinó que la metodología de traslado de droga e ingreso de la misma a nuestro país -en esta zona- es la utilización de los paseros. La necesidad de un diferencial económico vuelve a resonar en las charlas con los fiscales y jueces que, entienden, son los eslabones más pequeños de una gran cadena de comercialización de estupefacientes.

En ese ir y venir de Paraguay con su embarcación, Waldemar hace una aclaración que desdibuja por unos instantes, esa sonrisa que parecía permanente. “Claro que acá se cruza droga, todos lo sabemos, lo escuchamos, lo vemos. Éste es un lugar de alerta roja. Acá se trabaja muy seguido con eso pero yo no me meto, ni pincho ahí porque es un peligro. Por plata de hoy no voy a ir a parar a la cárcel por cuatro o cinco años o más sin ver a mi familia”. Y allí expone su conocimiento de la acción así como sus consecuencias. “Yo traslado todo menos droga y cigarrillos”, remarca.

Pese a la convicción de lo que entiende es su fuente de ingreso, como muchos otros paseros, admite convivir con el temor. Sobre todo cuando se dan cuenta de que hay operativos en cruces cercanos a los que ellos suelen utilizar. Cuentan con la ductilidad para elegir otros sectores de la costa de Itatí, la adrenalina es protagonista en esos momentos. “Siempre da miedo, me suelen agarrar y me preguntan si veo o no las cosas y que llame si me entero de algo. Prácticamente de día no se ve nada, cuando más se ve es a la noche”, detalla Waldemar y no pierde la oportunidad para contar las veces que cayó detenido, sólo algunas horas que ocasionalmente se convirtieron en un día, por mercadería no declarada. Pero no conocía al dueño de la misma, “yo sólo la estaba cruzando, es un poco la vida del pasero”.

El riesgo también lo impone el río mismo. No mantiene siempre el mismo caudal, son aguas de diversas corrientes internas, de poderío. Todo el Paraná sólo expone su inmensidad y poderío. “Es peligroso cuando hay viento. Siempre hay que estar con salvavidas, lo que más te pide la Prefectura”, dice mientras sonríe por las propias medidas básicas de seguridad que su embarcación no garantiza. Pero son baqueanos del agua, conocen ese límite de agua que los separa de Paraguay, saben qué día es menos conveniente para lanzarse a la travesía del cruce ilegal, reconocen en su movimiento dónde puede presentarse el peligro, entienden sus cauces y por dónde sortear los tramos más complejos.

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Del otro lado de la frontera, en el país vecino, la situación no difiere tanto. Los paraguayos también son paseros, “casi la mayoría en esta zona hacen lo mismo que nosotros, cruzar todos los días, pero ellos (los paraguayos) se arriesgan menos, no llegan a nuestra costa sino que llegan hasta la isla para evitar terminar presos en Argentina y que le secuestren la embarcación. A uno muchas veces le cuesta tener eso y apenas lo tiene no es para arriesgar por un poquito, es muy complicado”.

No hay un número específico respecto a cuántas personas viven de esta actividad, pero incluso el intendente de Itatí entiende que es inherente a la zona y a su geografía. “Somos muchos los que hacemos esto, hay otros muchos que compran las cosas en Paraguay y las traen para acá. Los que tienen puestos de mesa, jugueterías, zapatillas”, indica en referencia a la gran feria. Waldemar recuerda un viaje que tuvo que hacer con 98 pares de zapatillas, un cruce fallido porque a mitad de camino fue interceptado por la Prefectura, “estaba llegando a la costa y me agarraron, ya no me podía escapar, lo primero que pensaron era que traía marihuana o cigarrillos. Les digo: ‘Es calzado que traigo de la isla porque como no hay Aduana, no están abiertos los pasos´. La señora que me pidió que traiga esos paquetes me pagó cinco mil pesos y al final me detuvieron dos horas hasta que me soltaron. No era mucho pero a mí me servía, quise aprovechar el viaje pero casi pierdo todo”.

El río es testigo de esos incansables viajes. De la cantidad de mercadería que circula de costa a costa, de esos paseros que desafían todos los límites como también todo lo impuesto por la ley. La tarea es cruzar sin distinción de lo qué hay en el interior de los paquetes, “de allá para estos lados ahora se cruza muchas cubiertas, como subió el dólar acá (en Argentina) se fueron a las nubes y mucha gente busca poder hacer una diferencia porque el peso está muy bajo”, cuenta Waldemar y asegura que en su bote puede cruzar hasta ocho cubiertas de auto. “También más, pero como el motor mío es chiquito más no puedo”, y mientras expresa estos detalles propios de la física, saca su mano derecha del remo y señala a una embarcación que se ve a unos cien metros, “ese está llevando combustible y en Paraguay lo vende a un mejor precio, y así cada uno se la rebusca. No llevan mucho, 100 litros, 200 litros pero le sacás para poder alimentar a tu familia, quizás para pagar algunas cuentas”.

La historia del baqueano del agua en el río Paraná: pasero, verdulero y jockey de carreras ilegales

Su explicación medular no varía durante el recorrido: la necesidad y la precaria situación económica de la zona, como la escasez de ofertas laborales, lo llevaron a ver en el Paraná una fuente más de ingreso. Pero cuando el bote descansa en la orilla argentina, Waldemar obtiene ganancias a través de los caballos de carrera. Su relato es sorprendente si no fuera porque lo cuenta mientras navega el río al que le atribuye una de sus facetas “soy pasero porque paso gente y jockey porque corro”. Rememora sus días en el Hipódromo de Buenos Aires y aún lamenta no haber podido entrar a la escuela de jockey que lo condujo a correr en Tandil, por ejemplo. Es otro capítulo de su vida, ahora la misma transita entre el río Paraná y las carreras clandestinas de Itatí.

Su bote, con unos centímetros de agua en su interior, se acerca a la costa. Su sobrino con el que atiende la verdulería, lo aguarda para asistirlo y ayudarlo a guardar la embarcación. Cuando descendemos de la misma, hacemos unos pasos sobre la arena humedecida por el oleaje que una lancha produjo, y, un poco taciturno, desliza su último comentario: “Hay que andar en el agua pero con mucho cuidado siempre. Todos sabemos que es ilegal lo que estamos haciendo pero muchas veces lo hacemos por necesidad, porque la necesidad es grande”.

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