Una ola le cambió la vida, es bicampeona sudamericana y dirige la primera escuela de surf adaptado del país

El mar fue atrayéndola poco a poco a Georgina. No el agua, que ya era su vida, de hecho cuando competía en pileta fue quedándose sucesivamente con las medallas de su categoría. En esa época vivía cerca del río, en Tigre. Pero el mar era otra cosa, un desafío que la sedujo desde el día en que descubrió cómo, después de cada sesión de…

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El mar fue atrayéndola poco a poco a Georgina. No el agua, que ya era su vida, de hecho cuando competía en pileta fue quedándose sucesivamente con las medallas de su categoría. En esa época vivía cerca del río, en Tigre. Pero el mar era otra cosa, un desafío que la sedujo desde el día en que descubrió cómo, después de cada sesión de olas, surfistas en Mar del Plata regresaban a la orilla exhaustos, y siempre con una sonrisa.

“Quería experimentarlo. Los veía salir del mar felices”, recuerda ahora, sonriente también: con su 6’8″ (suele usar más cortas), su tabla adaptada a su cuerpo, acaba de salir del agua en la playa de Costa Soñada, en Santa Clara del Mar. No sólo ella, lo que le depara una satisfacción mayor. 

La acompaña un grupo de alumnos, chicos y no tan chicos con todo tipo de patologías, neuronales o físicas, a los que les enseña a dejarse llevarse por las olas: entre las espumas de la rompiente, Georgina Melatini dirige la primera escuela de surf adaptado del país, “Santa surf” (santasurf.surfadaptado, en las redes).

Georgina nació con una afección que provocó que su columna vertebral no se formara totalmente, mielomeningocele, una especie de espina bífida. Ella se mueve en silla de ruedas y en la playa se ayuda con bastones canadienses, muletas que apoya en el antebrazo. En el agua, lo hace con otra destreza: es bicampeona sudamericana y latinoamericana de surf adaptado; integra la Asociación Argentina de Surf.  

En breve se estrena la película “Surfeando el cielo”, de la directora rosarina Mariana Wenger, que repasa la vida de Georgina. Foto: Marcelo Carroll.

A sus 22 años, su inspiradora vida es de película, y pronto se estrena. Se llama “Surfeando el cielo”, la dirigió la rosarina Mariana Wenger, de “Cine Negro”, un homenaje a Roberto Fontanarrosa; “Infancias perdidas”, “Un arma peligrosa” y “Password”, entre otras, y la protagonizan Georgina y Pablo Martínez, un joven ciego desde los 5 años a causa de una neuritis óptica, que es bicampeón sudamericano de surf adaptado y ya participó en cuatro mundiales.

“El nombre del filme me remite a que estos dos grandes atletas no tienen techo en sus carreras. El título me remite a que estos campeones pueden alcanzar todo lo que se propongan. Pueden alcanzar el cielo”, dijo Wenger sobre ellos. En estos días darán a conocer fecha y sala en que se estrenará.

La mamá de Georgina, Alejandra Cuenca, tiene una casa en Santa Clara del Mar que usaban una vez al año, durante las vacaciones. Pero la poderosa atracción que tuvo el mar sobre su hija hizo que la casa de verano poco a poco fuera convirtiéndose en su vivienda permanente. Comenzaron a venir cada vez más seguido y ahora viven aquí, cerca del mar.

Georgina recuerda su primera ola, la que le cambió la vida. Fue hace seis años en Cardiel, una playa del norte de Mar del Plata. Foto: Marcelo Carroll.

Georgina es profesora e instructora ISA (International Surfing Association), da clase en seco primero, una charla sobre la arena en la que explica movimientos y principalmente anima a sus alumnos a aprender a disfrutar del agua. Hay un importante trabajo previo de adaptación.

Luego van al mar. A Georgina la acompañan algunos integrantes de su equipo. La mamá, que es licenciada en enfermería, especialista en deporte y actividades físicas, insiste en que ellos no dejen de ser mencionados en estas líneas, “por favor, todos son muy importantes”, pide, y enumera:

“Marisa Brida, ex leona, psicóloga y coach mindfulness; Natalia Schor, kinesióloga deportiva: Emanuel Prieto, fisiatra; Gabriela Cosentino, Natalia Torres, acompañantes terapéuticos; Juan Ignacio Ugliarolo, profesor de Educación Física;  los entrenadores Diego Ibarra, Mariano de Cabo y los instructores Malvina, Mica, Carlos, Víctor y Ezequiel”. También a Ezequiel, de Costa Soñada, la playa en Santos y la Costa, que ofreció sin costo el espacio para la escuela, que es gratuita. 

Cuenta Georgina que la primera vez que surfeó fue hace unos seis años, en Cardiel, una playa del norte de Mar del Plata, y que después de esa ola todo cambió. “Mucha adrenalina, entonces supe que era lo que quería hacer”.

“El mar es el lugar donde más se nota la inclusión, porque en el agua somos todos iguales. Como dice un amigo también surfista, todos estamos ahí para surfear, ya sea parados, arrodillados o como sea, todos tenemos el mismo objetivo, que es tomar la ola”, dice. 

Georgina y su mamá, Alejandra, que la acompaña en esta aventura de vida. Foto: Marcelo Carroll.

Por sus “berrinches”, cuenta, la clase de matronatación a la que la llevaba su mamá pasó de durar 45 minutos a casi dos horas, “no quería salir del agua”. Luego compitió en natación y durante una década se quedó con múltiples trofeos. 

Entre sus alumnos hay chicos como Giuliana, que por temor no se había animado nunca a entrar al mar. Hoy Georgina logró que la acompañara en una entrada y se dejara impulsar por una ola que la llevó de pecho sobre la tabla hasta la orilla.

En la clase también hay adultos, como Oscar Reinoso, de 61 años, que en 2008 a causa de una grave enfermedad perdió parte de la pierna derecha. Ahora usa una prótesis y es su segundo día de tabla. “Lo quise hacer toda mi vida, pero no me animaba -narra con entusiasmo-. Esto de estar acá con los chicos me mueve. Vine y dije no me voy de Mar del Plata sin pararme, y acá estoy; me quedo todo el verano”.

Cuenta sus sensaciones: “Ayer me metí por primera vez y fue increíble. Le dije a Georgina, me sentí único, sentí que dominaba tanto la ola que tenía tiempo y espacio para hacer lo que quisiera”. Empapado, con la agitación que le causó la remada en el mar, dice fervoroso: “El cáncer no me sacó vida, me dio más”.

Todas las edades entran en la escuela que conduce Georgina, nombrada “Guardiana del Planeta” por la Comisión de Sostenibilidad en el Deporte del Comité Olímpico Argentino. Foto: Marcelo Carroll.

El profesor Ugliarolo explica que en la planificación de la escuela de surf adaptado “se propuso implementar valores que enriquezcan el cuidado del medio ambiente, en particular, el espacio que esta disciplina necesita para desarrollarse, las playas y los mares”, y que Georgina es “Guardiana del Planeta” nombrada por la Comisión de Sostenibilidad en el Deporte del Comité Olímpico Argentino.

Georgina explica: “El mar es único, la energía que transmite, no hay otro lugar como el mar”. Lleva un tatuaje en la pierna derecha, una frase ilustrada con las líneas de una ola.

Son palabras de Frida Kahlo, y la inspiran. La lee: “Para qué quiero pies, si tengo alas para volar”. Tiene otro chiquito, el saludo usual costarricense, que sintetiza su historia de resiliencia. En cursiva, dice: “Pura vida”.

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