Enemigos íntimos: el guardia, el prisionero y una amistad de 40 años que nació en la Guerra de Malvinas

Todos desnudos y a la ducha. El guardia levantaba la voz pero los soldados argentinos no entendían. Come on, come on, los arriaba Irfon Higgins como si fueran ovejas. Tenía que custodiar a más de 4.000 prisioneros de guerra recién subidos al buque inglés Canberra y la paciencia empezaba a agotarse. ¿Alguien habla inglés?, preguntó…

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Todos desnudos y a la ducha. El guardia levantaba la voz pero los soldados argentinos no entendían. Come on, come on, los arriaba Irfon Higgins como si fueran ovejas. Tenía que custodiar a más de 4.000 prisioneros de guerra recién subidos al buque inglés Canberra y la paciencia empezaba a agotarse. ¿Alguien habla inglés?, preguntó en inglés. Y Jorge Podestá levantó apenas el índice de su mano: Yes, respondió con el rostro aún endurecido por el frío y el viento. Desde aquel 16 de junio de 1982 hasta hoy son los mejores enemigos íntimos de la Guerra de Malvinas.

“No puedo imaginar mi vida sin él”, dice Irfon, el guardia galés que estaba jugando al rugby cuando lo llamaron fuera de la cancha con un mensaje urgente. Debía viajar a Malvinas porque las tropas argentinas habían tomado las islas. Irfon formaba parte de la banda musical de la Royal Marines. “¿Qué puede hacer un saxofonista ahí?, pensó, pero allá fue.

Y allá, en el fin del mundo, a bordo de un transatlántico que días atrás navegaba con turistas en el Mediterráneo y pronto pasó a ser un buque de guerra, conoció a Jorge. Su traductor, su confidente, su alma gemela.

40 años de cartas y postales, entre Cardiff y Olivos.

“Los dos somos locos por el rugby”, aclara Jorge a Clarín, dispuesto a contar su historia por primera vez.

Soldado clase 62, Jorge jugó en Obras Sanitarias hasta que sacó el número 602 en el sorteo del servicio militar. Y tuvo que abandonar su pasión para presentarse en el Grupo de Artillería de Defensa Aérea 101, en Ciudadela. Y su vocación: acababa de rendir el examen de ingreso en la UTN para estudiar Ingeniería. Pero ya se sabe: a veces uno tiene un plan y la vida otro. El 29 de abril de 1982 Jorge aterrizó en Malvinas. Y a los 20 años recién cumplidos se le acababa de romper la aguja de su brújula. 

Llegando al Golfo de San Jorge, en la Patagonia, a bordo del Canberra, el 19 de junio de 1982.

“Cuando se abrió la puerta del avión sentí que había llegado a la heladera del planeta”, cuenta sin dramatismo, casi 40 años después. Entre aquel muchachito ágil que ponía el cuerpo en la segunda línea de Obras y este hombretón de 60 años hay un pedazo de tiempo sellado. El 1° de mayo de 1982 fue su bautismo de fuego: “Nos bombardearon en Puerto Argentino y a toda mi compañía, la Batería de tiro B, nos mandaron a la península Camber con ocho cañones y varias ametralladoras livianas: teníamos que evitar desde allí que los aviones Harrier atacaran el aeropuerto. Y lo hicimos muy bien. Alteramos el plan de ataques de toda la fuerza inglesa“, relata. Y remueve la memoria con algo de orgullo.

En esa lengua de tierra yerma vivió Jorge hasta el 14 de junio. Fueron una manada de 45 días iguales mientras el frío crecía como un monstruo dentro de su trinchera: una especie de cajón de sastre humano que compartía con 4 soldados de su edad. Entre ellos formaban un bloque compacto de combatientes contra la aridez de la vida. Dormían espalda con espalda. “Así nos dábamos calor. Creo que el frío y la humedad fue mucho peor que el hambre. ¿Qué comíamos?, patos, ovejas, cualquier cosa que pudiéramos cazar. O robar. ¿Que si yo tenía miedo? Noooo. Miedo sentí al principio, con la primera bomba, luego me acostumbré. Una vez que empezás a soñar con la muerte ya no sentís nada, ni miedo. O sí, cansancio. Mucho cansancio”.

En Buenos Aires. Frente al Memorial de Retiro, en Junio de 2018

En Cardiff. Frente al Memorial de la guerra, en octubre de 2018

Cuando Jorge subió al Canberra, o la “Gran Ballena blanca” como le decían a ese transatlántico de lujo, el cuerpo le pesaba como una bolsa de arena. Y eso que había perdido 20 kilos.

Le tocó dormir en el salón de baile clase B: “Todo muy setentoso, medio psicodélico, tenía un piano atado a una pared y una alfombra con ondas de tres o cuatro centímetros de espesor. Ahí, sobre esa alfombra peluda, dormí tres noches, hasta que llegamos al continente y nos liberaron”. Tan calentito estaba en su prisión que -recuerda- fue el último en bajar del buque. Un fotógrafo de la marina inglesa lo capturó justo cuando le estaba dando un fuerte apretón de manos al guardia galés. A lo lejos centellaba Puerto Madryn. Prometieron volver a verse. La guerra había terminado.

El buque Canberra en Puerto Argentino, el 14 de junio de 1982. Fue un transatlántico de lujo y luego el Gobierno británico lo envió a Malvinas para transportar tropas.

Ni uno ni otro habían elegido estar en esa equina del mundo. Pero estaban. Y en el bando opuesto. Sin embargo, entre los dos habían logrado organizar las idas al baño de los argentinos y los turnos de las comidas.

“Una noche lo saqué a Jorge de contrabando del salón de baile donde dormía y lo llevé a mi camarote para tomar una cerveza y hablar de rugby“, confesó Irfon en el libro “The Band that Went to War”. Hablaron de un partido entre Los Pumas y Gales de 1976, en el que los argentinos perdieron en el último minuto. Y hablaron también de sus familias. Con la nostalgia nublada por la cerveza, Irfon le contó que acababa de casarse con Jan. Lo hizo apenas se enteró de que había sido designado para ir a la guerra. Jorge le confió que extrañaba a su hermana y a sus padres, dos italianos que habían escapado precisamente de una guerra. Le costaba encontrar las palabras justas en inglés para decirle a su guardia que para él la Patria era su casa, su vida cotidiana.

Irfon, por Jorge. El guardia galés posa para la cámara de su ex prisionero, durante un paseo por Buenos Aires, en 2018.

“Me di cuenta de que con mi prisionero tenía mucho más en común que con mis compañeros de tropa”, confesó Irfon, que pasó las primeras semanas a bordo del buque tomando sol en la cubierta hasta que poco a poco fue cambiando el clima del verano del hemisferio norte al invierno del hemisferio sur. Y el estado de ánimo.

Siempre juntos. El soldado argentino y su guardia galés, arriba, al despedirse en Puerto Madryn a bordo del Canberra. Abajo, en uno de sus reencuentros.

“Al principio no podíamos creer que teníamos que ir a la guerra en un crucero, el lujo no se parecía a nada que hubiésemos conocido antes. Salones de baile, candelabros, la comida y la bebida estaban fuera de este mundo. Pero cuando entramos en la bahía San Carlos nos dimos cuenta de lo vulnerables que éramos”. Una pared blanca iluminada como un edificio. Un verdadero blanco fácil. La misión del buque era la de repatriar a los soldados argentinos capturados durante los combates.

Irfon Higgins, con su banda musical.

A la vuelta de los años, Jorge dice que la amistad con Irfon se la debe a su mamá. Fue ella la que le insistió para que estudiara inglés. “Algún día te va a servir”, lo tironeaba. Pero el chico no quería saber nada. “Hasta que un día unos compañeros de la primera división del club trajeron de Inglaterra unos posters educativos en inglés, con distintas tácticas y jugadas de rugby, como el tackle y el scrum. Y entonces arranqué en la Cultural Inglesa. Le cumplí el sueño a mi vieja”.

Desde que se despidieron en Puerto Madryn, Irfon no dejó de enviarle postales y cartas desde Gales. Lo ponía al tanto del nacimiento de sus tres hijos y de sus conciertos de saxo. Desde Olivos, Jorge le contaba en un inglés cada vez más fluido sobre sus avances en la facultad de Ingeniería y sobre la llegada de sus dos varones, ahora de 22 y 26 años.

Con sus esposas, en el Estadio de Gales, el “templo” del rugby.

El 16 de junio de 2018, justo 36 años después del primer encuentro a bordo del Canberra, el argentino recibió en su casa la visita de su guardia. Lo único que no había envejecidos en esos dos rostros eran los ojos. Y la pasión por el rugby. Irfon le pidió a su antiguo prisionero que lo llevara a Santa Fe para ver un partido entre Los Pumas y la selección galesa. La vida, otra vez, los ponía en tribunas enfrentadas. Al poco tiempo Jorge viajó a Cardiff. Y al fin pudo conocer el estadio de Gales, el templo de la única religión de su carcelero.

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