Mundos íntimos. Ser administrativo en un hospital de niños me afectó: sin estar preparado, resultó muy duro lidiar con la muerte

Hay un bebé. Hay un bebé adentro de la heladera. Hay un bebé adentro de la heladera de la morgue del Hospital. Tiene una cinta de papel pegada en uno de sus brazos. Tiene el número de historia clínica escrito a mano. Con fibra negra. Es un bebé muerto. Un óbito. Son las 5 y…

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Hay un bebé. Hay un bebé adentro de la heladera. Hay un bebé adentro de la heladera de la morgue del Hospital. Tiene una cinta de papel pegada en uno de sus brazos. Tiene el número de historia clínica escrito a mano. Con fibra negra. Es un bebé muerto. Un óbito. Son las 5 y media de la mañana de un miércoles. Me despertaron hace unos minutos. “Venimos a retirar un óbito”, dijeron, “somos de la casa velatoria”. No les dije que era lo primero que escuchaba en el día. No les dije que era mi cumpleaños.

Esa secuencia –la morgue, la heladera, el bebé muerto– no la viví nunca más. Fue la única vez que vi un muerto en el Hospital. Un óbito. Una sola vez en los casi siete años que trabajé en Admisión. Una sola vez en los diez años que trabajé en el Hospital de Niños de La Plata. Pero esa imagen –la morgue, la heladera, el bebé muerto– todavía la veo en tiempo presente. Que justo haya sido mi cumpleaños fue, diría, mala suerte.

Cuando entré a trabajar al Hospital no era consciente de que trabajar ahí era estar cerca de la muerte. Cotidiana, era una convivencia tácita, inevitable.

Tampoco era consciente de lo que significaba tener un trabajo formal; tenía 22 años y a decir verdad, no era consciente de casi nada. Estudiaba periodismo, militaba en una agrupación y hacía un programa en una radio. El trabajo más serio había sido en cybers: habilitando computadoras para jugar al Counter Strike, vendiendo golosinas, sacando fotocopias. También tuve changas como peón de albañil, como publicidad de una web paseando en bicicleta con un cartel, o desde casa para una empresa que funcionaba en el exterior respondiendo mensajes de texto en aquellos “Enviá AMOR al 3030”. Lo que ganaba era para lo extra; madre y padre cubrían lo necesario. Con el Hospital empecé a pagar mi parte del alquiler, el abono del celular, cosas para la casa, una notebook para mí. Fue mi independencia económica: no pedí más transferencias para fotocopias.

Momento de compartir. Facundo Basualdo -segundo desde la izquierda- con sus compañeros del área de Admisión en la que trabajaba.

Empecé como secretario en la Dirección. Me eligió Elba, la secretaria histórica, entrevistándome con el Jefe de Personal en su vieja oficina del subsuelo, húmeda y con una foto suya colgando en una pared. Elba era casi una directora más, había entrado al Hospital en 1979 y desde entonces mantenía el puesto. Conocía la botonera completa de la administración y mi tarea era manejarla como ella. No demoré en ganarme su cariño. Lo confirmé la vez que llegué empapado por una lluvia que me agarró en el camino: me alcanzó una toalla, buscó un ambo seco para que me cambiara y al día siguiente me regaló un paraguas que todavía conservo.

En la Dirección estuve sólo 6 meses, pero alcanzó para tener un panorama general del Hospital. Recorría cada rincón, atendía padres o médicos o laburantes de distintos sectores con demandas, escribía notas, convocaba reuniones de urgencia o encargaba el almuerzo para los siete directores. Conocer, preguntar, resolver. Todo para ya. Un hospital público de niños se acostumbra a estar en constante emergencia. Antes de irme, charlamos a solas con el Director Ejecutivo: “Lo difícil de todo esto es que de fondo siempre está la muerte de los chicos”, me dijo. Todavía no había sentido esa cercanía, esa convivencia.

Después cubrí en Otorrino y vi el apiñamiento de las madres con sus nenes a las 7 de la mañana. También estuve en Quirófanos y supe lo difícil que era coordinar cirujanos con anestesistas. Anduve por otras oficinas hasta que, tentado por los horarios, pasé a Admisión.

La Plata. El último día, antes de renunciar, Facundo Basualdo sacó esta foto como recuerdo de todos aquellos años.

Era uno de los pocos servicios en el que los administrativos hacían guardias: 30 horas seguidas, de las 8 a las 14 del día siguiente, con un compañero. La ventaja era tener el resto de la semana libre para hacer todo lo otro: Facultad, agrupación, radio. La desventaja: hacer guardias implicaba marcar tarjeta los feriados, Navidad o Año Nuevo.

Admisión atendía a familiares para hacer la parte administrativa de las internaciones y las altas, también de las defunciones. Ahí se iniciaban las historias clínicas: cada paciente, un número. Todo con registro en el sistema y en papel. Para los óbitos también. Ahí, gracias a la encargada, aprendí la palabra “óbito”.

Hacía poco que se usaba un nuevo sistema informático así que el responsable de diseñarlo solía pasar por la oficina para ajustar detalles. Una mañana la encargada le preguntó si se podía agregar algo sobre los óbitos, pero él no entendió: “¿Qué son los óbitos?”, preguntó. Ella lo miró sorprendida. “¿Cómo trabajás en un Hospital sin saber eso? Los óbitos son los muertos”, dijo en un tono más opaco. Yo, que miraba a un costado, también aprendí.

Al tiempo, hablando del trabajo, una compañera de la Facultad me recomendó “Kryptonita”, la novela de Leo Oyola. Empieza así: “Obitó. Parece japonés. Obitó. Hasta suena gracioso. Y es todo lo contrario. Obitó. Cinco letras. Una palabra. Una acción terminal para pronunciar la peor noticia que puedan llegar a recibir. Obitó”. Como si para narrar un hospital hubiera que empezar por la muerte.

Óbitos. Obitar. Obituarios. Obitó. No es una palabra común. Afuera se habla de muertos, no de óbitos. La burocracia suele usar eufemismos. A veces como protección, como una forma de extrañarse para decir lo que no se puede decir: que hay niños muertos.

En Admisión hacíamos los trámites de defunción. Los médicos nos avisaban, nos pedían el certificado para completar. Lo parte más difícil era hablar con los padres, sobre todo madres, de los pasos a seguir, de la burocracia de la muerte del hijo que acababa de perder. Si había sido una muerte violenta, explicábamos que avisábamos a la policía y pedíamos autopsia. Si había sido natural, explicábamos que era un trámite si contrataban un sepelio privado y otro si lo dejaban a cargo del municipio, porque la pobreza también demora el duelo. Y la enorme mayoría de los niños eran de barrios pobres. Si se iban con un mínimo error en el certificado, en el cementerio lo rechazarían y tendrían que volver a que se los rehagan. Entraban a la oficina, pedíamos disculpas, nos excusábamos con que podía pasar, buscábamos al médico firmante para que lo rehiciera. Eso: ir y volver con un hijo recién muerto por un papel mal hecho. Eso teníamos que decirles, eso les decíamos.

Al principio creí que no podría hacer esas preguntas, tener esas charlas, pero después entendí que la peor parte no estaba de mi lado, que mi función era ser amable y resolver. Explicar despacio, anotar los datos si fuera necesario, acercar un vaso de agua cuando lloraban. Aguantar si alguien se enojaba, pocas veces. Aguantar si por alguna razón nos afectaba de más, otras tantas. Nadie va de paseo al Hospital. Los que trabajábamos ahí, tampoco. Así fui tomando consciencia de la convivencia con la muerte.

Mis guardias casi siempre fueron los viernes con Luis. Él trabajaba en la misma oficina desde siempre. Conocía de memoria cada detalle administrativo. Para los más nuevos era el jefe sin ser jefe: antes que a la encargada, le preguntábamos a él cómo llenar algún papel importante o qué hacer en determinadas situaciones. Por eso le decíamos Comandante. A mí me enseñó lo propio de la oficina, me contó historias del Hospital, sostuvimos un ritual a la hora de la cena y se encargó de que tuviera lo necesario para descansar: hasta compró un colchón para mí. Un compañero con todas las letras.

Hubo unas semanas en las que teníamos que bajar a la morgue con la gente que lo retiraba para chequear si los papeles coincidían con el cuerpo que se iba. Eso se dispuso por un error en el que casi entregan mal un cuerpo que viajaba a otra provincia. Se detuvo a tiempo pero para que no volviera a ocurrir, sumaron más personas al control: a nosotros, los de Admisión. No nos correspondía, pero mientras se solucionaba tuvimos que hacerlo. La vez que tocó en nuestra guardia, aunque me tocaba a mí, Luis se ofreció para evitarme la imagen. Ese gesto no fue posible la guardia siguiente.

La encargada me había pedido que cubriera a una compañera el martes. Acepté porque, como mi cumpleaños era el miércoles, me liberaba el viernes a la noche para festejarlo fuera del Hospital. Cuando entrábamos a la oficina, después del buen día, la primera pregunta era si había algún óbito: era el trámite que ninguno quería tener que hacer. Y ese martes había. “Sólo queda que lo vengan a buscar”, me dijeron.

El trabajo en el Hospital es intenso cada mañana hasta las dos de la tarde. Después, el azar: sólo se atienden las emergencias en la Guardia. A veces puede pasar de todo, a veces puede que pase poco. Lo emergente puede ser cualquier cosa. Si los nenes entraban vivos al Hospital, recibíamos a un familiar con el papel que indicaba el diagnóstico por el que se internaba. Y ahí las preguntas de rigor: usted es la madre, de dónde son. Si era por algo violento, preguntábamos qué había pasado para reportarlo a la policía. Una fractura, qué pasó. Un traumatismo de cráneo, qué pasó. Una herida por bala perdida, qué pasó. Un abuso, qué pasó. Las respuestas a veces eran esquivas, o se enojaban, o mentían y nos dábamos cuenta. Si los nenes entraban muertos, venía un médico con un papel sin eufemismo mediante: “Ingreso cadáver”.

Ese martes fue bastante tranquilo. A la noche, para empezar mi cumpleaños, pedí una pizza y brindé solo entre pocas internaciones. Después me dormí hasta que golpearon la puerta, poco después de las 5, cuando me despertaron para retirar el óbito los de la casa velatoria.

Entregué los papeles, llamé a Seguridad para que nos acompañara, fuimos a la morgue. Abrieron la heladera, miré. Y quedé en pausa.

Hay un bebé. Hay un bebé adentro de la heladera. Hay un bebé adentro de la heladera de la morgue del Hospital. Tiene una cinta de papel pegada en uno de sus brazos. Tiene el número de historia clínica escrito a mano. Con fibra negra. Es un bebé muerto. Un óbito.

“¿Chequeado?”, preguntaron. “Chequeado”, dije. Y cerraron la heladera.

No volví a pegar un ojo: esa imagen se repetía, una y otra vez. Sentía el olor, notaba la rigidez, pensaba en el parecido con los muñecos de bebés que se usan para jugar. Cuando llegaron los de la guardia siguiente, dije que me sentía mal y me fui del Hospital como si se pudiera huir de una sensación. Casi siempre que llegaba a casa pos guardia, dormía unas horas. Con los años las muertes quedaban en los papeles, intentaba dejarlas ahí hasta la semana siguiente. Esa mañana, si cerraba los ojos, la imagen aparecía, así que no dormí. No pude. A lo largo del día, recibí saludos por mi cumpleaños y a nadie le conté cómo había empezado mis 28. A lo largo de todo este tiempo, tampoco.

La semana siguiente ya no tuvimos que ir a la morgue y volvimos a lo de siempre. Y fue un alivio. Un año después cambié a una oficina sin atención al público y ahí estuve hasta que renuncié.

Ya no vivo en La Plata y casi todo, de a poco, se olvida. Hay cosas ancladas en ese pasado que apenas recuerdo, mucho de aquello no existe más, como la agrupación o esa radio. Entre lo que queda –un manojo de amigos, un equipo de fútbol, el perro que aún vive conmigo, un título universitario– está esa década en el Hospital. Trabajar con la vida y la muerte de niños endurece y desgasta en partes iguales. Ahora sé que crecer tiene que ver con acumular funerales, sobre todo íntimos, para muchos también ajenos. La resiliencia de aquellos compañeros y compañeras, es el mejor recuerdo. Entre los otros, tengo esa imagen todavía presente. A veces, incluso, se me aparece en sueños y me despierta.

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Facundo Basualdo. Se recibió en Periodismo, pero casi no ejerce. Este año publicó su primer libro de cuentos “Las ratas sólo aparecen de noche”, pero no se considera escritor. En los primeros meses de la pandemia, con un amigo abrieron la librería Ocio Casa de Libros, pero cree que lo de librero todavía le queda grande. Elige encarar proyectos siempre que sea con otros. Entre sus virtudes, destaca cebar mates y andar en bicicleta. Puede estar largo rato en silencio hasta extrañarse de su propia voz, convive con su perro Quiste hace más de trece años y de lo que más disfruta es de sus amigos. Deja lo que esté haciendo cada vez que uno le manda las palabras mágicas: “Tengo ganas de prender la parrilla”.

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