Juan Domingo Perón-Alejandro Lanusse: nacidos para ser enemigos

Nacieron para ser enemigos. Y lo fueron durante casi un cuarto de siglo, en las intrigas palaciegas de la política o en los laberintos de los rangos militares. Tuvieron la misma cuna formativa. Juan Domingo Perón ingresó al Colegio militar de la Nación en 1911 y Alejandro Agustín Lanusse en 1935. Los dos llegaron a…

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Nacieron para ser enemigos. Y lo fueron durante casi un cuarto de siglo, en las intrigas palaciegas de la política o en los laberintos de los rangos militares. Tuvieron la misma cuna formativa. Juan Domingo Perón ingresó al Colegio militar de la Nación en 1911 y Alejandro Agustín Lanusse en 1935. Los dos llegaron a presidente de la Nación. Perón, por las urnas y tres veces. Lanusse, una y por las armas. Ambos abrazaron, además, el máximo grado de la meritocracia castrense: fueron tenientes generales y comandantes en jefe del Ejército.

Juan Domingo Perón. sexto de la fila uno, durante una cena en el círculo militar en 1923.

Protagonistas de relieve en la segunda mitad de la Argentina del siglo XX, los dos últimos caudillos militares tuvieron concepciones distintas. Perón vio al ejército como un factor político estratégico en el marco de un proceso industrialista de Nación, característico de la posguerra. Lanusse tuvo una mirada más “profesionalista”, de ningún modo apolítica. Su pensamiento, claramente liberal, asumía la función de los cuarteles como la de guardianes de proyectos políticos tutelados por élites políticas afines.

Se enfrentaron por primera vez el 28 de septiembre de 1951, hace 70 años, cuando Lanusse, entonces capitán, acompañó con entusiasmo la abortada sublevación del general Benjamín Menéndez contra el primero de los tres gobiernos constitucionales de Perón. La insubordinación murió antes de nacer. Lanusse estuvo preso en Rawson y Río Gallegos, hasta que lo liberó el golpe de la Revolución Libertadora. Fue uno de los responsables del ocultamiento durante 14 años de los restos de Eva Perón, uno de los secretos mejor guardados de la historia. Y también de su traslado a un cementerio de Milán, bajo el nombre de María Maggi de Magistris.

Juan Domingo Perón, con brazalete de luto, en 1953. / Archivo Clarín

En los años 60, con Perón en su exilio madrileño, Lanusse fue parte de todas las asonadas de la década. Se involucró en el derrocamiento de Frondizi y en las reyertas en las calles porteñas entre Azules y Colorados. Hasta que, en 1966, tras años de oficiar como actor de reparto en los continuos reñideros del golpismo, llegaría a ser un protagonista de primer orden, con la destitución de Arturo Illia en la Revolución Argentina, ciclo de sucesivos cuartelazos que tendría como presidentes a Onganía, Levingston y al propio Lanusse, los tres representantes del sector Azul, triunfante en las revueltas internas de aquellos años.

Eduardo Lonardi asumió como presidente de facto tras encabezar el golpe que derrocó a Juan Domingo Perón en septiembre de 1955. / AGN

Se comenzaba a vislumbrar que la gran carta de las Fuerzas Armadas para borrar al peronismo de la mente y la conciencia de los argentinos no era otro que Alejandro Agustín Lanusse. El elegido: si había logrado “desaparecer” durante 14 años el cuerpo de Eva Perón, ¿por qué no podría dar cuenta de un Perón que se adentraba en la vejez con su salud dañada, según ya entonces trascendía?

Alejandro Agustín Lanusse llegó al sillón de Rivadavia como presidente de facto el 26 de marzo de 1971.

Y así fue. Primero en las sombras, y luego a cara descubierta, urdiría su entrevero terminal con Perón. En 1966, a quince años de la algarada de 1951, era hora de dirimir ese liderazgo. Ya no con las armas. Con la política. Perón conocía el juego. Lanusse entendió que era su gran oportunidad. Y aceptaría el reto. El 26 de marzo de 1971, ya sin el estorbo de Onganía y de Levingston, devorados por sus propios camaradas del generalato, Lanusse llegaría a lo más alto. Un dictador con banda presidencial y un general con el máximo grado en el Ejército: todo el poder en sus manos. Era el momento de ir por “el otro” general, el único enemigo que él consideraba digno de enfrentar, y que observaba la escena nacional del otro lado del Atlántico.

Lanusse junto al presidente de Chile, el socialista Salvador Allende en visita de Estado. (1971) / AGN

“Cano”, como le decían sus íntimos a Lanusse por sus tempranos cabellos grises, llamaría a una “apertura política” con una novedad inesperada: ni Perón ni el peronismo estarían ajenos. No perdió tiempo. Restauró la vida política, autorizó la reapertura de locales partidarios clausurados por la cruzada de Onganía “contra la partidocracia” y empezó a desarrollar su estrategia con la promesa de llamar a elecciones en 1973.

Lanusse supo leer aquel momento histórico. Había tomado nota de que, hacia fines de 1970, Balbín, el jefe histórico de una fracción radical, y Perón habían comenzado un acercamiento que alumbraría La Hora del Pueblo, agrupamiento multipartidario que procuraba aislar aún más a las Fuerzas Armadas de la sociedad. Se agotaba el reloj de arena de los dictadores. Obligado, Lanusse, saldría a la cancha como el jefe indiscutido. Convocaría como ministro del Interior al radical Arturo Mor Roig, hombre cercano a Balbín. Aun así, aquel guiño de Lanusse al sistema republicano de partidos no jubiló su linaje gorila. Al contrario, lo potenció.

El dictador general Alejandro Agustín Lanusse le entrega el mando al presidente electo Héctor J. Cámpora. / Archivo

Mientras Mor Roig llevaría la estrategia doméstica de organizar la vida política en el país, el general de la Casa Rosada diseñaba con cuidada astucia la ingeniería para terminar con el exilio del general de Puerta de Hierro. Bautizaría a su estrategia como Gran Acuerdo Nacional. Tenía dos objetivos primordiales: sacar del juego a Perón sin proscribirlo, y explorar la posibilidad de llegar él mismo a presidente por mandato de las urnas y no de los fusiles.

Perón en su casa de Puerta de Hierro atendiendo su primera máquina de télex (Gentileza PRHGE).

El investigador Robert Potash cuenta en su libro “La Política y el Ejército en la Argentina 1962-1973” (volumen 2), que Lanusse envió “a su ayudante inmediato”, el coronel Francisco Cornicelli, a Madrid en gestión secreta. Con pasaporte falso, el emisario llegó a destino el 15 de abril de 1971. Lanusse llevaba apenas 20 días como presidente. Por primera vez un oficial del Ejército en actividad visitaba al jefe peronista exiliado. A la semana se reunieron en Puerta de Hierro, con pocos testigos: el delegado personal de Perón, Jorge Paladino, y un secretario personal del líder, que por entonces recién asomaba a la imagen pública, José López Rega.

Se abrieron las puertas para negociar. La dictadura que derrocó a Perón nunca se lo había propuesto y Perón nunca había logrado tanto sin mover un dedo, quizá por eso no complicó las cosas y le dio poder a Paladino para continuar las conversaciones en Buenos Aires. Lanusse pretendía que el viejo caudillo desautorizase los ataques guerrilleros que sembraban muertes y terror en nombre de Perón y de su regreso al país. En su libro “Puerta de Hierro, los documentos inéditos y los encuentros secretos de Perón en el exilio”, Juan Bautista Yofre, periodista, ex jefe de la SIDE y diplomático de Menem en Portugal y Panamá, cuenta que Perón respondió: “No tengo capacidad de control sobre ellos”.

Juan Domngo Perón en la quinta 17 de octubre en Puerta de Hierro Madrid. / Archivo

Al filtrarse la noticia de las reuniones privadas con el coronel Cornicelli para facilitar su regreso al país y sumarse al juego político, Perón contestaría a la prensa con un disparatado yerro, filoso sarcasmo si los hay, registrado en el cotilleo de diarios y revistas de aquel tiempo. “Ah, sí vermicheli (en alusión a Cornicelli), claro…Me encantan los vermicheli, me los como con tuco o a la vóngole”. Un modo de mostrarle a su enemigo histórico una sonrisa, pero también los dientes de un mastín en posición de ataque. Tras reunirse en Buenos Aires el delegado de Perón y otros dirigentes justicialistas históricos con el ministro Mor Roig, las usinas del rumor empezaron a hablar de un “gobierno de coalición” que Perón fulminaría en un segundo desde Madrid.

Lanusse proseguiría con su estrategia y esbozaría las reformas institucionales que regularían el retorno eleccionario prometido: Estatuto de Partidos Políticos, régimen de balotaje, cuatro años de mandato presidencial, elección directa de presidente y vice, sin la mediación de un Colegio electoral.

Desconfiado, pronto Perón desplazaría a Paladino, su delegado desde 1968, porque creyó que había pasado de ser su hombre ante Lanusse a ser el representante de Lanusse ante él mismo. Lo reemplazaría por Héctor Cámpora, un dirigente políticamente sin brillo ni juego propio, sólo con el atributo de una lealtad vecina al estilo servicial y obediente de un monaguillo en misa. Perón también lo designaría candidato para pulverizar las maniobras electorales del dictador Lanusse. Bien sabía que Cámpora podría llegar a presidente de la República sólo con su bendición.

En el meneo sin paz de los generales, el brigadier Jorge Rojas Silveyra partía a Madrid como embajador para refrescar al equipo lanussista, visto el cascoteo que arreciaba sobre Cornicelli. Cuentan varios autores que lo hizo muy a disgusto, y que incluso llegó a decirle a Lanusse: “No me podés hacer esto… ¡A ese hijo de puta no quiero ni verlo ni hablar!” Recibió una seca respuesta: “No quiero ni la menor sospecha de que estamos ante una negociación acuerdista, por eso necesito allá (en Madrid) a alguien más gorila que yo. Y vos sos el único que conozco.” Se conocían bien, por cierto. Rojas Silveyra había participado en la conspiración contra Perón de dos décadas atrás.

Un tercer hombre integraba ese armado complejo. Lanusse lo tenía reservado para su jugada maestra. Era el coronel Héctor Cabanillas, con quien compartía el secreto de Estado que creyó conmovería a Perón, y lo obligaría a subordinarse a la estrategia de la dictadura. Cabanillas le avisó telefónicamente a Rojas Silveira que el 3 de septiembre llegaría a Madrid con “la mercadería”. No era una “mercadería” común, sino el cuerpo embalsamado de Eva Perón que Lanusse había dispuesto restituir al viudo. La devolución, como si fuese una movida de ajedrez político, se concretó esa misma noche.

“General, le vengo a ofrecer la victoria”, le dijo, solemne como siempre, el presidente electo Héctor Cámpora a Juan Domingo Perón.

El general de la Casa Rosada ya había establecido una tramposa cláusula de proscripción, dictada a medida de un solo aspirante a la presidencia, el mismísimo general de Puerta de Hierro. Se trataba de la exigencia de residir en la Argentina entre el 25 de agosto de 1972 y el día de las elecciones, 11 de marzo de 1973. Lanusse alardeó que tampoco él sería candidato. Perón se empeñaba en la réplica cáustica: “Tengo más probabilidades yo de que me nombren rey de Inglaterra que Lanusse sea presidente constitucional de los argentinos”.

Desbordado, el jefe de los dictadores desertó de la porfía de inteligencias. El 27 de julio de 1972 diría ante el generalato en el Colegio Militar de la Nación la frase que, a su pesar, quedaría en la historia: “Si Perón necesita fondos para venir, el presidente de la República se los va a dar. Pero aquí no me corran más a mí, ni corran a ningún argentino, diciendo que Perón no viene porque no puede. Admitiré que digan porque no quiere. Pero en mi fuero íntimo diré: porque no le da el cuero para venir”.

No fue su única bravata. En un diálogo al paso con periodistas echó mano a un desdén de malevo: “Así como tengo paciencia para aguantarlos a ustedes, voy a tener paciencia y voy a hacer lo que sea necesario para la paz y la grandeza del país. Hasta tragarme el sapo de hablar con Perón. ¿Más claro?”

Perón ya tenía decidido regresar, visto el desgaste del poder lanussista. En particular luego del fusilamiento de un grupo de 19 guerrilleros presos en una fuga a medias en el penal de Trelew, y de los crecientes episodios de violencia política que sacudían al régimen militar.

Como factor adicional, ni Cornicelli ni Rojas Silveyra habían podido acorralar del todo al astuto zorro de Madrid, que seguía alborotando los gallineros ajenos patrullados por sus enemigos. Ambos cumplieron las órdenes de Lanusse, pero al parecer no pudieron escapar de los infatigables amagues de Perón. No fue sólo aquello de “vermichelli”. A Rojas Silveyra lo llamaba “Rojitas”, cuenta Yofre en su libro. Probablemente en alusión a un jugador de Boca muy famoso en la época. Lo cierto es que Lanusse ardía de furia por otro acuerdo partidario y frentista en marcha entre Perón, Frondizi, otras agrupaciones políticas, la CGT y sectores empresarios. Todos habían convergido en el Frente Cívico de Liberación Nacional (FRECILINA). El Gran Acuerdo Nacional de los dictadores naufragaba sin remedio.

DC-8 blanco de Alitalia, posó en la pista de Ezeiza con el retorno de Perón. / Archivo Clarín

Finalmente, el 17 de noviembre de 1972, a las 11.15 de una mañana de diluvio, el “Giuseppe Verdi” DC-8 blanco de Alitalia, posó en la pista de Ezeiza. A Perón le había dado el cuero. Después de 17 años y 52 días de destierro, estaba de nuevo en su patria. No tuvo el recibimiento que hubiese querido, pero lo intuyó. Miles y miles de peronistas de al menos tres generaciones, empapados hasta los huesos, no pudieron traspasar los retenes de la dictadura. Unos 35 mil soldados, tanques y piezas de artillería habían convertido el aeropuerto en una fortaleza sitiada. Perón, junto a Cámpora, Isabel y López Rega, fueron alojados en el Hotel Internacional. Lanusse no apareció. El jefe peronista quiso saber si estaba preso. Le dijeron que no. A la mañana siguiente se desplazó hacia la casa de Vicente López, sede de un desfile multitudinario de algarabía peronista, como en los viejos tiempos.

Después de 17 años y 52 días de destierro, estaba de nuevo en su patria. No tuvo el recibimiento que hubiese querido.

El general de Puerta de Hierro había ganado un dilatado reto personal de más de dos décadas. Lo haría dos veces más, ya en las urnas. El 11 de marzo de 1973 con Cámpora, su delegado personal, y el 23 de septiembre, con él mismo como candidato, con casi el 63% de los votos, el más grande consenso en la historia argentina. Triunfaría hasta en la hora de la muerte misma. Lanusse tenía 56 años, y ya estaba retirado, cuando contempló la emoción y el reconocimiento popular que acompañó la cureña con los restos del “otro general”, aclamado con llantos, aplausos y un cielo de flores arrojado a su paso, aún en los barrios paquetes que lo habían aborrecido en su primera hora de poder.

En el libro “Confesiones de un General” (1993), Lanusse reconocería que sentía “cierta recóndita envidia” ante el amor de las multitudes por Perón y Evita y hasta admitiría que ‘‘jamás pudo desprenderse del fantasma de Perón…” ya que formaba “parte de mi vida, casi desde siempre, como una obsesión.” Sin embargo, tuvo más coraje que nadie en las Fuerzas Armadas de su tiempo para resolver el dilema de Perón. Y en el juicio a las Juntas su testimonio fue una virtual condena a los métodos del terrorismo de Estado. Perón enfrentó a la guerrilla en su regreso. Lanusse rechazó la “guerra sucia” para combatirla. Sin saberlo, los dos generales habían hallado, finalmente, un punto de encuentro.

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