Mi padre y los pájaros

Si me detengo a contemplar las manos de mi padre cerca de las mías, compruebo que los alcances de  la genética son tan inexorables como el proceso del tiempo. Aunque el temblor esencial que le infringen sus noventa le complique las cosas para algunas tareas, al momento de organizar una jornada de pesca, conserva su entusiasmo…

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Si me detengo a contemplar las manos de mi padre cerca de las mías, compruebo que los alcances de  la genética son tan inexorables como el proceso del tiempo. Aunque el temblor esencial que le infringen sus noventa le complique las cosas para algunas tareas, al momento de organizar una jornada de pesca, conserva su entusiasmo intacto como cuando era joven.

Fue por entonces que él me llevó una tarde a ese primer muelle que me atrapó para siempre; y soy yo, quien ahora, encarno sus anzuelos y quito de ellos sus peces para que él no se lastime. Pero entre aquel momento y este, mi padre siguió lanzando sus plomadas al cielo, y ansioso al rato recogiendo, a caña doblada, con un estilo muy  propio como el de un esgrimista, anciano, sí,  pero tenaz  y aguerrido.

Mi padre fue un tipo pintón, valiente y libre: quizá fueron aquellos dos primeros rasgos los que enamoraron a mi madre y el tercero, el que lo hizo optar por vivir una vida junto a ella por poco menos de 60 años.

Algunos domingos, elegidos bajo ninguna regla, salimos a pescar juntos, como ya acostumbrábamos hacerlo hace varias décadas.  De este modo, ese extenso malecón de madera  que se interna en nuestro río y nos llena de ilusiones, nos reunió aquella tarde para renovar intentos, de pesca, de charla, de abrazos y alegría.  

Cuando estamos allí, la melancolía nos atrapa de ratos, pero enseguida sobreviene un pique y él, aún con sus piernas fatigadas, se apresura en llegar al posacañas para efectuar la clavada. Es en ese momento en que parece que el viento hace volar almanaques y Juan padre recoge, y exige sus brazos, y si se engancha, rezonga, pero sigue trayendo; busca entonces en la espuma descubrir su conquista y si es un pez grande se alegra y si no lo es, reintenta. Mi padre es pescador y tal condición, casi como un manifiesto, lo ayuda a caminar la vida, celebrarla y resistir.

Tiré hacia el sur contra el viento, con un encarne de sábalo, por si una especie inusual quisiera alimentarse allí, sobre ese lecho de arena, que media entre el muelle del club y la Reserva Ecológica. El agua apenas  corría y así, desdibujaba con golpecitos muy cortos, el reflejo de las nubes, que escapaban y volvían. Fue al recuperar la línea que me distraje observando el trabajo de mi antiguo reel californiano, cuando un arrastre extraño tensó el nylon y vibró, haciéndome retornar  enseguida y mirar de nuevo el agua. Y claro, allí estaba la causa y esta vez, no era exactamente un pez el que tiraba del hilo…

“Yeco”, para los chilenos, o “pato cuervo” en Bolivia, un cormorán en el río, al que llamamos “biguá”, sacudía sus reflejos azabaches para zafar del enredo. Ave de enormes atributos que,  luego de un carreteo semejante a  caminar sobre el agua, puede volar con destreza, buena altura y elegancia. Capaz de bucear profundo durante varios segundos en la turbiedad del río hasta encontrar sustento, hábil para asir a su presa con el pico delgado y rematado en gancho; de aspecto casi jurásico, con sus ojos pequeños y de un extraño turquesa, atisba desde las rocas a los pescadores, para abalanzarse ávido sobre todo aquello que, entero o eviscerado, caiga hacia el agua y le sirva de alimento.

Él con un ala liada entre la tanza invisible y yo, con mi desconcierto, esperando infructuosamente que el propio ir y venir del agua lo liberara. Evalué la situación en unos pocos segundos y concluí en  que si cortaba el hilo allí, junto al carrete, le dejaría el lastre de unos 50 metros de monofilamento, que lo condenaría a un final tan lastimoso como irreparable. Entonces lo traje, como remolcándolo muy lentamente, forzando la caña al límite, mientras el “cuervo de mar” no cesaba de agitarse. Cuando lo tuve junto al muelle y después de esquivar trabajosamente algunas piedras, vi el líquido púrpura y espeso tiñendo el plumaje negro, para caer sobre  el agua y disolverse despacio. 

No tuve más opción que izarlo y ya al depositarlo sobre las tablas de madera, él se erizó torvo, estirando su cuello, y ahí lo percibí mucho más grande de cómo se veía a la distancia. La sangre escarlata surgía densa, y en la casi translúcida negritud de las membranas de sus dedos contrastaba más roja y yo, lleno de culpa, buscaba entre mis bolsillos un alicate para abreviar su tormento. Cuando acerqué la herramienta y al cortar la tanza liberando el ala, con la misma velocidad que ostentan capturando sus presas, me acertó un picotazo en mi mano derecha, que me produjo una herida, punzante y dolorosa.

Al comprender el ave que ya había recobrado el dominio de su cuerpo, ganó con vigor y de un salto el madero del muelle, y desplegando sus alas, se echó a volar desenvuelto y urgente, como un recluso inocente que encuentra la reja abierta.

Mi padre y yo nos miramos y no dijimos palabra sino hasta después de trascurrido largo rato. Silencios, de esos que se van cargando de significado con el correr de los minutos, de los días o quizá de los años. Un poco aturdido busqué sobre el veril a ese pájaro que yo había tenido cautivo, fastidiado, y lacerado, con la sola intención de confirmar que ya habría superado el trance pero no lo encontré, no pude distinguirlo entre todos sus congéneres.

Me alivió la idea de que el tiempo y el agua del río se encargarían de sanar esa herida en su cuello. Entonces volví hasta mí, y por un breve momento, me sentí y fui pájaro, fui río, fui roca, junco, marea  y también cielo; fui sangre de lesiones suscitadas sin propósito porque allí, bajo el alero del refugio, estaba mi padre, como siempre lo estuvo, velando mis heridas.

Restregué con insistencia mis manos con agua tan fresca como sanadora, para así quitar los restos de sangre ya seca; ensayé un vendaje tosco de trapo de algodón limpio  y cuando aquel primer ardor intenso ya había mermado, mi padre  tomó su caña, volvió a mirarme y me dijo:

-“Si ya estás bien, retomemos. A veces sucede así: en el afán de hacer lo nuestro perjudicamos  al  otro y nos lastimamos. No hay intención de hacerlo y los dos lo sufrimos.  Pero ya está, ya pasó.  Pesquemos algo grande ahora, sin inquietar a los pájaros.”

por Juan Ferrari

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