Dolores Bengolea: entre los Angus, las lavandas y los recuerdos de Cortázar y Victoria Ocampo

“Lindas eran las dalias de tía Victoria; las mías no tanto porque en el campo hay mucho trabajo y no les puedo dedicar el tiempo suficiente. Por ejemplo, el lunes tenemos que hacer el arreo hasta la manga para vacunar”.Estamos en Azul, provincia de Buenos Aires, con Dolores Bengolea. Y es muy difícil hacer una…

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“Lindas eran las dalias de tía Victoria; las mías no tanto porque en el campo hay mucho trabajo y no les puedo dedicar el tiempo suficiente. Por ejemplo, el lunes tenemos que hacer el arreo hasta la manga para vacunar”.

Estamos en Azul, provincia de Buenos Aires, con Dolores Bengolea. Y es muy difícil hacer una nota con (o sobre) ella porque uno no sabe por dónde empezar.

¿Es la sobrina nieta de Victoria Ocampo? Sí. ¿Tiene en su casa la colección completa de la revista Sur? Sí. ¿Estuvo en reuniones y hasta en un asado hecho por el mismo Julio Cortázar en la ciudad francesa de Apt a fines de los setenta? Sí. ¿Es la compañera del director de cine Héctor Olivera desde hace más de 30 años? Sí. ¿Le corrigió las últimas 3 novelas a Osvaldo Soriano? Sí.

Además de todo esto es productora agropecuaria desde hace 12 años y, desde hace un tiempito, también productora de lavandas (tiene 300 plantas) y miembro del Club de la Lavanda, una iniciativa que agrupa a más de 40 productores y emprendedores relacionados a esta aromática y que busca que Azul sea la puerta de entrada a la Ruta de la Lavanda en Argentina.

“Por una amiga de Tandil me enteré del lanzamiento del Club, fui a la primera reunión y me entusiasmé; las lavandas me gustan desde muy chica, su perfume me da vuelta y también me marcó el encuentro que tuve con ellas en la casa que Julio Cortázar tenía en Apt, Francia, cuando un día fuimos a comer un asado y llegaba hasta nosotros ese aroma inconfundible”, recuerda Dolores. “En 2019 compré semillas de lavandas Munster Dwarf en Inglaterra con la idea de plantarlas pero finalmente planté las lavándulas que compré en el vivero Verellén de Tandil cuando fracasé con las inglesas”.

Hablar con Dolores es como entrar en un mundo de muchas puertas o como esas novelas de Elige tu propia aventura, donde los caminos siempre se bifurcan y hay que elegir cómo y por dónde seguir. Algo así ocurre con esta charla porque la entrevistada también es buzo de mar abierto, plomera y electricista autodidacta, productora agropecuaria y una apasionada del intelecto, de la aventura y de la observación de la naturaleza.

“De chica me tiraba en el campo haciéndome la muerta hasta que los chimangos empezaban a revolotear a mi alrededor”, dice con una sonrisa mientras conversamos en la galería de la casa donde hoy vive, que fue construida en 1898 y que ella está remodelando. “Siempre me gustó la construcción. Con mi madre vivíamos con lo justo y cada vez que se rompía algo así quedaba, entonces un día empecé a desarmar cosas para entender cómo podía arreglarlas y más tarde, cuando me fui a vivir sola, me hice yo misma mis muebles en una carpintería”.

Dolores Bengolea y Rodolfo GallardoLola López

El casco donde nos encontramos en este momento está en el campo Los Manantiales que en 1874 su tatarabuelo, Vicente Pereda, le compra a Prudencio, el hermano menor de Juan Manuel de Rosas. Y esta es otra de las cosas que suceden al conversar con Dolores: que nombres que fueron protagonistas de la historia y de la literatura argentina (y también mundial) aparecen en su narración con total naturalidad, como quien nombra a un vecino casual o a un amigo de la infancia.

En 2008 Dolores hereda esta casona junto con 360 hectáreas donde hace cría, recría y engorde a corral de Angus negro con el asesoramiento del veterinario tandilense Carlos Martirena y gracias a quien este año han logrado el increíble porcentaje de un 99% de preñez con el “único secreto” de buena alimentación, buena sanidad y buen trato, según sus propias palabras, y un 94% de destete (sobre 114 vacas sacó 107 terneros).

“Mientras no vivía en la casa tuve cinco robos muy grandes; en uno de ellos hasta la manga se llevaron”, cuenta. “Es muy difícil ser mujer sola en el campo porque si no te pueden robar, te difaman. Ahora vivo y trabajo aquí? tenemos un bajo con pastizal nativo para los animales y estamos haciendo 30 ha de pasturas, todo con el apoyo de Rodolfo Gallardo, mi mano derecha en el trabajo del campo y del casco; el resto del campo -por ahora- lo arriendo para agricultura porque a mi hija Serena, que está terminando su maestría en Economía Agraria becada por la Unión Europea, le gustaría en un futuro usar estas tierras para hacer comida ecológica para humanos”.

Desde donde estamos, al fondo, se ven unas ovejas de la raza triple propósito Pampinta. Dolores cuenta que las tiene no para la venta sino por el placer de verlas pastando y regalar corderos, al igual que los productos de la huerta. “Me gusta regalar cosas. Dar sin esperar nada a cambio es instalar en el otro la idea de que la riqueza no es solamente lo medible o contabilizable sino que tiene que ver con el amor”, reflexiona. “Además, al dar disfruto del placer que ese regalo genera en el otro”.

Dolores Bengolea.

-¿Podríamos pensar, entonces, que la generosidad no es altruista sino egoísta porque le brinda placer al que da?

-¡Así es! La única generosidad sostenible, la que nunca reclama, es la que no espera nada porque en el acto de dar está implícita la gratificación. En ese sentido, sí, creo que la única generosidad genuina es la egoísta.

-¿De estas cosas hablaban con su tía Victoria?

-Siempre tuve un vínculo estrecho con ella, me apoyaba mucho. Y también a veces me ponía a prueba… Una vez, cuando yo tenía 20 años, estábamos en la casa de Mar del Plata (Villa Victoria) mirando un libro del pintor Paul Delvaux que le había mandado el agregado cultural francés que llegaría al día siguiente. Como al pasar, Victoria me dijo: ´Mañana a la hora del copetín quiero que te pasees por el jardín para el franchute vestida como una de estas mujeres´. Al principio me aterré ante la idea de tener que cambiar las vaporosas gasas del estilo Delvaux por sábanas que caerían lánguidamente (porque no tenía otra cosa). Las típicas flores en la cabeza no me asustaban porque era tal la profusión de hortensias que con ellas me armé enseguida un enorme ramo. Finalmente opté por desnudarme y cumplir con la orden envuelta en una toalla y esa noche, cuando entrábamos al comedor, oí el susurro de tía Victoria que me decía: ´Pensé que no te ibas a animar´. Y sentí una palmadita de admiración en el hombro.

-¿Por esa época fue cuando usted decidió ir por primera vez a Europa?

-Sí y cuando tía Victoria se enteró, inmediatamente me llamó para darme cartas de presentación para sus amigos. (N de la R: Esos amigos eran Soledad Ortega (de Ortega y Gasset), Roger Caillois, Nigel Nicholson, Graham Greene y Madeleine Malraux, esposa de André, entre otros nombres que de sólo pronunciarlos uno ya siente que está en una escena de Medianoche en París de Woody Allen o en un capítulo de Rayuela escuchando jazz).

-¿Así conoció a Julio Cortázar?

-No, no me dio ninguna carta para él. Pero unos amigos que pertenecían a un círculo de intelectuales y escritores -siempre tuve la suerte de estar con gente generosa y culta- me recibieron con los brazos abiertos en su casa de Sanary (Francia) donde tía Victoria había pasado un tiempo con Aldous (Huxley). Una noche, la dueña de casa, Colette Gallimard, anuncia que al día siguiente irían con Milan Kundera y Claude Gallimard (sí, de la famosa casa francesa de edición) a casa de Cortázar y me invita a acompañarlos. Así fue que tuvimos un almuerzo en la casa de Julio donde él mismo hizo el asado.

De pronto ha refrescado y la galería se torna un poco hostil, así que pasamos al living donde hay un gran hogar a leña y un té recién servido sobre una amplísima mesa ratona con libros (hay muchísimos en toda la casa, repartidos en vitrinas y bibliotecas). En uno de los sillones se encuentra el director de cine Héctor Olivera, pareja de Dolores desde mediados de la década del ochenta y con quien ha trabajado en la producción de varias de sus películas y en el guion del mediometraje inspirado en el cuento de Borges “El Evangelio según Marcos”, filmado para la Televisión Española, cuyo aporte principal fue dar verosimilitud a esos personajes rurales que protagonizan la historia.

“Adoro el campo y hace 12 años que crio Angus; en este momento tengo 155 vacas con una carga de 2 cabezas por hectárea”, detalla y agrega que hacen el destete a los 8 meses y que el primer servicio es recién a los 22 y no antes. “Me parece humanamente un horror tirarle un toro a una vaquillona de 15 meses con tal de sacar un ternero más. Hay cosas más importantes que pensar en el bolsillo”.

Es que Dolores tiene un pensamiento que va por “otros” carriles, incluso en la producción agropecuaria, tanto en su concepción del negocio como en la forma de trabajo diario: ella misma diseñó su manga con un corral redondo que hace de antetoril y que sirve para amansar y varear potros. Además, los corrales son grandes y con sombra para el bienestar real de los animales.

Quizás esta forma divergente y creativa de pensar, que ya venía con Dolores, fue atizada por su tía y es por eso que la figura de Victoria Ocampo siempre está presente. “Ahora he comenzado un proyecto cultural que consiste en colgar frases de tía Victoria en negocios y lugares donde la gente espera, desde un corralón hasta una casa que vende motosierras o una farmacia; la idea es colocar frases que hagan reflexionar”, describe Dolores mientras nos alcanza un cuadrito que dice: ´El amor y la cultura aumentan con el reparto: cuanto más se dan, más se tienen´.

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