Un árbitro adicto, una red mafiosa y un tendal de dudas irresolutas: el último gran escándalo de apuestas en la NBA

El término no existe, pero se puede hacer una excepción, tomar una licencia (¿poética?) y utilizarlo para describir la situación: de una bizarrez absoluta. Una velada de lucha libre, ese espectáculo que, como tantos otros, mueve millones de dólares en los Estados Unidos, donde todo (literalmente) se puede hacer deporte o competencia. La MLW, Major League…

un-arbitro-adicto,-una-red-mafiosa-y-un-tendal-de-dudas-irresolutas:-el-ultimo-gran-escandalo-de-apuestas-en-la-nba

El término no existe, pero se puede hacer una excepción, tomar una licencia (¿poética?) y utilizarlo para describir la situación: de una bizarrez absoluta. Una velada de lucha libre, ese espectáculo que, como tantos otros, mueve millones de dólares en los Estados Unidos, donde todo (literalmente) se puede hacer deporte o competencia. La MLW, Major League Wrestling, un campeonato que poco tiene que ver con los tríos de letras más conocidos del deporte norteamericano (como la NBA, la NFL, la MLS, etcétera).

En el cuadrilátero, dos “luchadores” sobre los que no vale mucho la pena reparar, los clásicos golpes actuados, los “plap” que resuenan con fuerza ante cada caída en la lona. Al cabo, una ficción de poca monta que termina con el árbitro perjudicando adrede a uno de los competidores y volviéndose cómplice del triunfo de aquel que estaba por perder.

Un paso de comedia, en forma de corrupción deportiva, que sabrán los protagonistas -y los guionistas del show- si tuvo algún guiño solapado a la vida real de Tim Donaghy, el juez del combate, señalado hace casi 15 años como responsable del último gran escándalo por apuestas en la NBA.

Uno que se tejió desde adentro, movió -según se dice- más de 100 millones de dólares, involucró al FBI, tocó altos estratos de la liga y dejó un tendal de preguntas sin resolver.

Bizarro: de la corrupción en la NBA a la lucha libre

La nueva veta del exárbitro Tim Donaghy


Pocos deportes, como el básquet, son tan pasibles de ser enturbiados. ¿Cómo no podría hacerlo un árbitro, que puede perjudicar a un equipo tan fácilmente como cobrándole tantas faltas como sea posible y enviando rivales a la línea de tiros libres?

Al día de hoy, Tim Donaghy asegura que jamás hizo algo semejante. Aunque sí reconoce, como lo hizo ante la Justicia en 2007, haber apostado en partidos que él mismo dirigía.

El FBI condujo una investigación. La NBA encargó la suya propia. El árbitro, por su parte, se declaró culpable de dos cargos: conspiración para cometer fraude y conspiración para transmitir información destinada a ayudar apostadores. Fue condenado y, claro, nunca volvió a trabajar en la mejor liga de básquet del mundo.

Arma nuclear

La reconstrucción que el periodista Scott Eden hizo una década después de hecho público el escándalo marca la situación con maestría. Llegó un momento en que la onda expansiva se había vuelto incontrolable. Personas que Donaghy ni siquiera conocía estaban ganando cuantiosas sumas de dinero a causa de sus actos.

Lo suyo había empezado de forma casi inocente casi diez años después de su debut en la NBA, en 1994 y con apenas 27 años. Más precisamente en 2003, cuando le empezó a pasar data a un viejo compañero de secundaria de nombre Jack Concannon para que este apostara.

Pese a las ramificaciones que puede tener, el mundo de las apuestas no está exento de rastros. Las personas, en definitiva, no lo están. El corredor de Concannon, un hombre de apellido Ruggieri y apodado Rinoceronte, empezó a sospechar. El apostador era un jugador mediocre que jamás había tenido éxito. Sin embargo, de repente empezó a cosechar fajos de billetes: acertaba casi siempre en los partidos de la NBA.

El levantador de apuestas recordó que Jack era conocido de un árbitro de la NBA e incluso que los había visto jugar al golf juntos. Junto a un grupo de socios, empezó a revisar todas las colocaciones de dinero de Concannon y encontraron que tenía una altísima tasa de éxito, en ocasiones del 70%.

Empezaron a ver que todos esos partidos tenían un común denominador: Tim Donaghy. Para terminar de cerciorarse, bucearon en aguas más profundas al estudiar las estadísticas: descubrieron que el equipo contra el que apostaba Concannon siempre sufría el cobro de una cantidad mucho mayor de infracciones en contra. No necesitaron más pruebas: habían atado suficientes cabos para entender que había un arreglo entre árbitro y apostador.

Lejos de molestarse, acusarlo o perseguirlo, el Rinoceronte y sus colegas se quedaron callados. Hicieron algo más útil: empezaron a copiar las apuestas de Concannon, diversificando las inversiones para que no saltara ninguna alarma. Pronto, cuando empezaron a ganar tanto dinero como el repentino “gurú”, comprobaron que sus teorías los habían llevado al lugar correcto.

Tim Donaghy y Mike Brown, por entonces entrenador de Cleveland Cavaliers, en abril de 2006. Foto Reuters

En casa, la mujer de Donaghy empezó a encontrar en los sacos de su marido fajos de billetes envueltos en forma de rollos. Según le contó a Eden, jamás se animó a preguntale al árbitro por su procedencia: “Me daba miedo“, argumentó.

La bola de nieve era ya difícil de detener. Por eso, una vez que se empezó a hablar, en ese mundo de ultratumba, de que había apostadores con un inusual grado de éxito hubo que tomar el toro por las astas. Baja el telón con la entrada en escena de James Battista.

Era un cuarentón que “trabajaba” con el Rino Ruggieri. Había asistido al mismo colegio de Donaghy, por lo que lo conocía, pero a sabiendas de la ilegalidad de todo lo que estaba ocurriendo, no había establecido ningún contacto con él.

Debió acercarse obligadamente ante el incremento de personas que sabían del negocio. Para eso utilizó a un conocido en común que tenía con Donaghy: Tommy Martino, quien también le venía como anillo al dedo al proyecto porque no tenía vínculo alguno con el mundo de las apuestas.

En un encuentro en que coincidieron los tres en el restaurante de un hotel, llegaron a un acuerdo: 2.000 dólares para el árbitro por cada partido en que los apostadores ganaran. La metodología fue tan sencilla como efectiva: se comunicaría con Martino mayoritariamente a través de celulares “desechables” que se usarían sólo una vez. En las breves charlas, el juez preguntaría por alguno de sus hermanos, lo cual era el código secreto. Si hablaba de Chuck, Martino y compañía debían apostarle al local; si, en cambio, mencionaba a Johnny, había que poner plata en el visitante.

Cada vez se apostaban cifras mayores y Battista, que lógicamente tenía un panorama sesgado por la propia persecución mental que se hacía en su cabeza, estaba cada vez más nervioso. Sentía que Donaghy cobraba infracciones en exceso de una forma tal que alguien sospecharía más temprano que tarde. Intentando calmarse, se excedía en el consumo de drogas.

Tenía motivos para temblar, aunque aun no lo supiera.

Teléfono, Scorsese

El negocio de las apuestas en los partidos de Tim Donaghy se había vuelto incontrolable. Battista, también: se terminó yendo a una clínica de rehabilitación, dejando todo en manos del Rinoceronte Ruggieri, quien advirtió rápidamente que las cosas no se estaban manejando de la manera adecuada.

Tenían datos concretos que hablaban de una red que los había excedido largamente, y lo comprobarían pronto.

En Nueva York sabían de esto, que había trascendido la Philadelphia de origen del árbitro. Y si se habla de la Gran Manzana, las apuestas, la ilegalidad encubierta, se hablaba entonces de las Cinco Familias de la Mafia que controlaban distintas áreas de la ciudad.

La punta de información le llegó al agente del FBI Phil Scala, quien trabajaba en ese momento como jefe de un equipo que tenía a cargo el seguimiento a los miembros de la familia Gambino. “Hay un árbitro que se mueve con alguien de su confianza en el mundo de las apuestas”, le informaron.

A él no le importaba demasiado hacer saltar alguna estantería de la NBA. Lo suyo iba más hacia arriba. De todos modos, poder arruinarle un potencial negocio a la Mafia no era cosa de todos los días, entonces siguió adelante. 

Shaquille O’Neal ante Vlade Divac en la final de conferencia 2002. En el sexto juego, los Lakers tuvieron 40 libres contra 27 para los Kings. Es uno de los partidos más sospechados de Donaghy. Foto AFP

Los federales empezaron a rastrear y no tardaron mucho en dar con el nombre de Donaghy. Aquí el agente Scala le reconoció a ESPN que cometió un error o que, al menos, se hubiera manejado distinto si hubiese tenido más tiempo. Pero decidió ir con un equipo a las oficinas de la NBA.

Allí él se enfrentó al comisionado David Stern y a su subalterno, Adam Silver (quien ocupa el máximo cargo hoy) y les contó lo que habían advertido sobre uno de sus árbitros. No les habló de arreglos, sí de apuestas de Donaghy en sus propios partidos y de información que este les pasaba a los corredores (por ejemplo, si había algún suspendido, lesionado, o incidencia).

En junio de 2007, la Justicia citó a declarar a Donaghy. Para entonces ya había sido convocado a testimoniar Martino.

Esa mancha no se borra nunca más

En los testimonios que prestó, Donaghy empezó a apuntarle a otros árbitros. El plan del FBI para corroborar esas versiones era colocarle un micrófono y mandarlo a hablar con sus colegas a ver qué grado de información podía obtenerse. Pero la historia de la corrupción llegó a la tapa del New York Post y trastocó todo lo pensado. El agente Scala casi que elabora una teoría algo conspirativa al respecto.

“No puedo responder eso (le dijo a Scott Eden cuando este le preguntó si la liga pudo entorpecer adrede la búsqueda de la verdad), pero los ejecutivos de la NBA estaban muy ansiosos por concluir la investigación“. Aseguró que le decían que era “imposible” que se arreglaran partidos, ante lo que él reflexiona: “Cuando alguien te dice que algo es imposible, está mintiendo“.

El periodista Murray Weiss, quien publicó la investigación en el Post, dijo que en su momento habló con alguien involucrado con los altos mandos de la NBA y le dijeron que si titubeaba en la construcción de su artículo, “Stern haría lo posible para acabarlo“.

A la distancia, algunas situaciones abren la puerta a más dudas. Horas después de la aparición de la nota en el NY Post, Stern dio una conferencia de prensa y enfatizó que sí, Donaghy había estado involucrado en las apuestas, pero que era un problema pura y exclusivamente de ese árbitro y que estaba seguro de que no se habían arreglado partidos, Incluso destacó el rendimiento del juez por los encuentros de aquellos días. Fue conciso e incómodo.

La Justicia le daría la derecha al comisionado, ya que si bien el árbitro -que admitió una adicción al juego- sería condenado a 15 años de cárcel en 2008, no sería por arreglo de partidos, lo que hubiera cabido si se comprobaba que pitaba adrede para forzar un resultado. La NBA llegaría a la misma conclusión, aunque en la investigación interna que encargaron Stern y compañía hay baches que al día de hoy son casi imposibles de tapar.

Tim Donaghy llegando a la corte de Brooklyn, Nueva York, en 2008. Foto AP

La liga sólo revisó 17 partidos, pese a que las investigaciones habían dejado indicios claros de que los juegos sospechados podían ser más de 60, y encontró sólo uno pasible de sospechas, lo cual no alcanzó para elaborar ninguna acusación.

Eden, que concertó más de 100 entrevistas para su artículo en el décimo aniversario de este tristemente célebre suceso, asegura también que se realizó una investigación exhaustiva de los partidos dirigidos por Donaghy y la forma en que se los arbitró.

De los 40 partidos que tanto periodistas como especialistas en arbitraje analizaron, encontraron que en 23 hubo una clara parcialidad del juez, que favoreció a aquel equipo sobre el que se había apostado más dinero (por lo general, a través de un excesivo cobro de faltas). A través de la estadística determinaron también que las posibilidades de que Donaghy, azarosamente, favoreciera justo a esos equipos arbitrando de forma imparcial era de 1 en 6155.

Más allá de estas evidencias que parecen ser bastante esclarecedoras, para la Justicia el caso se resolvió sin más y para la NBA, también. Al final de aquella pelea de lucha libre que arbitró de manera totalmente parcial el mes pasado, Donaghy, contento por su debut en el espectáculo, dijo que sus fallos fueron tan justos como aquellos que pitaba sobre los parquets.

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