Defensa y Justicia, el rey de la Copa Sudamericana: un club que podría ser cuento que tuvo su final feliz

Defensa y Justicia es Florencio Varela. Y Varela es parte de esa región que lleva la etiqueta de Conurbano profundo. Defensa es barro y clase trabajadora. Es postergado por definición, sacrificado por naturaleza. Defensa son las casas bajas con el tanque de agua en el techo que todavía se ven en las inmediaciones de la…

Defensa y Justicia, el rey de la Copa Sudamericana: un club que podría ser cuento que tuvo su final feliz

Defensa y Justicia es Florencio Varela. Y Varela es parte de esa región que lleva la etiqueta de Conurbano profundo. Defensa es barro y clase trabajadora. Es postergado por definición, sacrificado por naturaleza. Defensa son las casas bajas con el tanque de agua en el techo que todavía se ven en las inmediaciones de la cancha. Pero también es el club que podría ser cuento. El que hasta hace un par de años tenía dos tribunas en sus cuatro costados, el que logró afiliarse a la AFA recién en 1977 pero que disfrutaba más de los bailes en el barrio y la kermese de los sábados. Hoy hay baile en Varela.

Defensa es el que no se conformó con ser lo que marcaba su destino. El que creció de manera colectiva y aquí vale una literalidad. Porque fueron los colectiveros de la línea 148 los que a comienzos de los 80 empujaron el proyecto hacia adelante. Y como Defensa es barrio, de la mano de su presidente Eduardo Ricardo Pérez, que era parte de la compañía de transporte, hizo propios los colores de uno de los símbolos del lugar: cambió el azul y blanco por el verde y amarillo del micro que conoce como pocos los rincones de Varela.

A ese colectivo están subidos todos ahora. Desde Varela hasta el Mario Kempes de Córdoba, pasando por el Morumbí donde hace tres años empezaba a dejar huellas en el ámbito internacional. Haciendo escala en Cali donde también supo marcar presencia. El colectivo llegó el año pasado a la Libertadores. Y luchó hasta el último minuto con el mítico Santos en Brasil.

Hay que hacer varias paradas más en este camino de 86 años. Hay que ir marcha atrás hasta junio de 2006 y revivir el empate agónico ante Morón, con dos goles sobre el final, con el tiro libre precioso de Ezequiel Miralles para conservar el lugar en la B Nacional y no caer a la tercera categoría.

Se puede ir más atrás, claro. Al 4 de marzo de 1978, el partido fundacional de esta historia. Cuando el Halcón se puso en marcha y le ganó 2-1 a Cañuelas por la Primera D. Pasar por el ascenso a la C en el 82 y tres años más tarde la B con la goleada histórica 7-0 ante Barracas Central y con Tito Tomaghello, quien hoy es estadio, presidente del club.

Pero el colectivo de Defensa quiere estacionarse en estos días. Mirar solo de reojo el retrovisor y pensar más en el parabrisas, en lo que asoma allá adelante. Ahí viene Japón con la Suruga Bank, también aparece la Supercopa y por qué no el sueño a que se habilite un boleto al Mundial de Clubes.

El truco del mago está en el predio de Bosques. Ahí hay ladrillos provenientes de las ventas millonarias de Lisandro Martínez, del Lolo Miranda, de Bordagaray, de los hermanos Fernández, de Gabriel Arias, de Ignacio Aliseda… Ahí surtió efecto el combo entre el aporte gerencial del cuestionado Christian Bragarnik y la cintura dirigencial futbolera de la familia Lemme para seguir una línea en la elección de los técnicos y futbolistas.  

Que cuente el viaje completo Washington Camacho, uno de los tres sobrevivientes (junto a Nelson Acevedo y Marcelo Benítez) del vuelo mayor del Halcón cuando llegó a Primera en 2014. Y ahora es Camacho el que le pone broche a una final soñada, a un partido ideal y a un plantel que se saca fotos, salta, grita, se abraza en una mezcla perfecta entre pibes de la casa y jugadores que olían revancha.

Hay baile en Varela. Hay festejo colectivo. Por un rato el barrio se hace mundo y los sueños, realidad.  

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