Dengue: la epidemia silenciada

“Estuve diez veces en El Impenetrable, pero tuve que venir a encerrarme en casa por la cuarentena, en plena Ciudad de Buenos Aires, para agarrarme dengue”, El que habla es mi marido, desconcertado, invicto de picaduras extrañas hasta ahora, arquitecto con una maestría en gestión ambiental, frecuentador, por años y por su profesión, de distintos paisajes…

Dengue: la epidemia silenciada

“Estuve diez veces en El Impenetrable, pero tuve que venir a encerrarme en casa por la cuarentena, en plena Ciudad de Buenos Aires, para agarrarme dengue”,

El que habla es mi marido, desconcertado, invicto de picaduras extrañas hasta ahora, arquitecto con una maestría en gestión ambiental, frecuentador, por años y por su profesión, de distintos paisajes con fauna y flora biodiversa, el parque chaqueño entre ellos, territorios con habitantes siempre amigables, de pacífica coexistencia.

Hoy a la mañana las cosas cambiaron en casa. Fue cuando tuvo el resultado definitivo de los análisis, cuando supo que un ejemplar del Aedes Aegypti, que primero fue huevo en agua estancada, luego larva y pupa y, finalmente, mosquito doméstico, dejó huella en su cuerpo: dengue. 

Este episodio que dañó su salud empezó cuatro días después de la cuarentena obligatoria cuando amaneció con fiebre muy alta, dolor de huesos y articulaciones, sarpullidos en distintas partes del cuerpo y una fatiga que lo tumbó durante varios días en la cama.

Sólo se levantaba para ir al baño. Fueron jornadas enteras de casi un puro dormir. No tenía fuerza para comer, beber apenas, hablar casi nada. La duda se empezó a sembrar: ¿será coronavirus? Agarré algo de ropa, el cepillo de dientes, el velador y me mudé de habitación.  Hablamos con mis hijos y decidimos  distanciarnos con prudencia hasta que llegara el médico a domicilio. No sabíamos que en los siguientes días las visitas serían varias.

Vivimos en una casa de un barrio porteño de viviendas bajas, donde el bicherío es parte creciente del hábitat: lagartijas, cucarachas y babosas que conviven con nuestra perra y  nuestra gata.

En nuestra cuadra hay una casa deshabitada donde viven una decena de felinos abandonados a su suerte, hay algunos tachos donde es probable que el agua se estanque, es un lugar propicio como criadero de mosquitos y organismos infectantes.

Cuando el mosquito pica, el virus del dengue queda en el cuerpo del infectado entre 5 y 12 días y circula por la sangre del paciente produciendo fiebre. Si en ese período el mosquito pica al infectado puede contagiar a otros. 

Se acusa al gobierno de la Ciudad por desinvertir en fumigar, hay quienes dicen que es  efecto del cambio climático. Acaso sean ambas las causas que trajeron cantidades de casos de dengue a Flores, Floresta, Villa del Parque y otros distritos de la Capital. Lo cierto es que costó mucho que alguien recibiera el pedido para que se ocupen de desinsectizar. Ya respondieron mi mail, todavía no apareció nadie para higienizar la zona.

La enfermedad se propaga exponencialmente. En lo que va de este año ya hubo 3.173 casos en Ciudad de Buenos Aires. Del 29 de marzo al 4 de abril se registraron 590. Un año atrás, para la misma fecha, apenas fueron 29. Son datos publicados en el último boletín de epidemias del Gobierno de la Ciudad.

Los  primeros dos doctores que llegaron en sucesivas visitas, separadas una de otra por 48 horas en las que los síntomas persistían, confundieron el cuadro con la más vulgar de las gripes vulgares, el tercero, otros dos días después, acertó, fue el vencedor vencido. Era un joven médico colombiano que sospechó dengue. Para confirmarlo pidió una extracción de sangre urgente y a domicilio. Estábamos en la  plena primera etapa de reclusión generalizada por la peste de Covid-19.

Escuché por primera vez hablar del Aedes Aegypti cuando mis hijos iban a la escuela primaria. Ambos trajeron el dibujo del insecto antipático en sus cuadernos. La menor pronunciaba con facilidad, todo de corrido, el nombre del zancudo: Aedes Aegypti. Yo no, me costaba y me cuesta decirlo. Un juego de asociaciones arbitrarias me transportaba entonces del aula a Cleopatra, el Nilo y, sobre todo, al sonido del twist con letra de Vivi Tellas y música de Daniel Melingo que hizo famoso Fabiana Cantilo.

Por suerte, pudimos conseguir que vengan los extraccionistas de sangre a casa. Cada uno llegó con el clásico ambo, guantes y barbijo profesional. Los médicos parecían astronautas. Aún no habíamos incorporado en vivo y en directo la ahora habitual imagen de la gente tapada. Pincharon para tomar la muestra, y antes y después trapeé con lavandina diluida los pisos y los picaportes, siguiendo las sugerencias que leí, ví, escuché hasta el infinito en las pantallas.

Todos los profesionales de la salud que iban llegando coincidían en que la demanda por dengue superaba, en general, a las de coronavirus. Pero, como cantaba Sabina, “en el diario no hablaban de ti”, ni de otros vecinos afectados, menos que menos de mi marido.

Los resultados los escuchamos por videoconferencia cuando una médica designada dijo que las plaquetas y glóbulos blancos estaban bajos, dato que reforzaba la sospecha del último y único médico que en la consulta se refirió al mosquito. Descacharreo, mosquitero, mucho líquido, sugirió la doctora. No hay tratamiento específico, ni vacuna ni cura. Pero debe usar repelente, de por vida, remarcó. Una segunda picadura no sería conveniente. Al repetirse la exposición , los síntomas se complican porque el cuerpo reacciona de manera más agresiva y las defensas dañan.  

Cinco días después, la última extracción dio positivo. Picadura de Aedes Aegyptis. Por suerte, los valores sanguíneos comenzaron a normalizarse.

Ahora mi marido se levanta, se higieniza y se embadurna con repelente varias veces al día, el resto de la familia también lo hacemos. Como él se siente mejor, hace bicicleta fija aunque extraña la pileta donde practica natación. El aislamiento por Covid 19 no se lo permite, el club está cerrado.

Por teléfono, zoom, videollamada o chat, mi marido les cuenta y repite a colegas, familia y amigos: fui muchas veces a El Impenetrable pero el bicho me picó en casa.

-Eso te pasa por tener un jardín vecino a una casa abandonada-, le dijo un primo.

– Soy un elegido-, bromeó mi marido.

Ahora sabemos que la hija de, el sobrino de, el tío de, la vecina de…  casos y casos de conocidos y desconocidos con dengue se empiezan a contar por centenas. Como en el pasado ocurría con los piojos, el dengue también se silencia. Da vergüenza porque se asocia con pobreza y suciedad, bochorno de la clase media.

En tiempos de globalización, los bichos no consideran rango social, geográfico ni económico. Se han democratizado.

por Laura Haimovich

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