La historia de Hugo Dellien, de vender cubitos de hielo para subsistir a ganar en Roland Garros

Cuando Hugo Dellien comenzó a pasar sus tardes pegándole a una pelotita amarilla en las canchas del único club privado de Trinidad, una pequeña ciudad boliviana cercana a Santa Cruz de la Sierra, su sueño de estar algún día entre los 100 mejores del mundo parecía una utopía. El poco desarrollo del tenis profesional en su país…

La historia de Hugo Dellien, de vender cubitos de hielo para subsistir a ganar en Roland Garros

Cuando Hugo Dellien comenzó a pasar sus tardes pegándole a una pelotita amarilla en las canchas del único club privado de Trinidad, una pequeña ciudad boliviana cercana a Santa Cruz de la Sierra, su sueño de estar algún día entre los 100 mejores del mundo parecía una utopía. El poco desarrollo del tenis profesional en su país jugaba en contra de sus aspiraciones. Sin embargo, él no dejó que esa realidad lo desalentara. Con el apoyo de su familia y de algunas personas que supieron ver su potencial, la luchó desde abajo.

El camino -que lo llevó a mudarse a Argentina a los 18 años- no fue fácil. Estuvo lleno de contratiempos y sacrificios y hasta de un retiro momentáneo. Pero a la larga, el trabajo dio sus frutos. Hoy, con 26 años, está 82° en el ranking y ya forma parte de la elite. Y hasta dejó su marca en la historia cuando en junio se transformó en el primer jugador de su país en ganar un partido en un Grand Slam en 36 años en Roland Garros. Igual él quiere más.

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“Quiero llegar al Top 10. Con todo lo que viví en este último año me di cuenta que podría y me puse objetivos más altos”, asegura en charla con Clarín en su paso por el Challenger de Buenos Aires, en el que cayó en la primera ronda por 6-4 y 6-2 ante el peruano Juan Pablo Varillas.

Sentado a la sombra de un árbol del Racket Club, Dellien recuerda cada obstáculo y cada alegría que vivió desde que comenzó a practicar tenis a los 5 años.

Hugo Dellien cayó en la primera ronda de este competitivo Challenger de Buenos Aires. Foto: Juano Tesone.

“En ese club de Trinidad hacía todos los deportes. El fútbol me gustaba mucho, pero me decidí por el tenis porque es un deporte individual y todo dependía de mí. Soy muy competitivo. Me fue bien desde el principio en los torneos nacionales de menores. A los 13 hice mi primer viaje fuera de Bolivia para jugar la gira COSAT y cuando volví empecé a tomarlo más en serio”, cuenta Dellien.

Por esos años, su papá -arquitecto de profesión- armó una escuelita para ayudar a los chicos que aspiraban a llegar al profesionalismo y contrató al entrenador Mauricio Solís.

“Mis primeros años fueron complicados. Hubo muchas barreras que vencer porque era todo nuevo… Cuando llegó Mauricio eso un poco cambió. Era el único entrenador que quería sacar tenistas profesionales. Pero después de un tiempo se fue a Santa Cruz. Y cuando a los 14 años dije que quería dedicarme al tenis profesionalmente, para lo que tenía que irme de Trinidad, Mauricio me recibió en su casa y me ayudó mucho. Fue una de las personas más importantes de mi carrera”, afirma.

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Poco tardó Dellien en superar el nivel de los otros jugadores con los que entrenaba y competía en Santa Cruz. Junto a Solís, decidieron que era momento de otro cambio. Aunque los problemas económicos de su familia ya no le permitieron seguir bancándose la carrera; un familiar se ofreció a ayudarlo al menos por unos años. Así llegó Buenos Aires.

“En esa época firmé con un manager argentino, Giorgio Brasero, que trabajaba con Gastón Gaudio cuando ganó Roland Garros. Él me aconsejó venir para acá. Para mí Argentina es la capital del tenis de Sudamérica. Está todo profesionalizado, los preparadores físicos son especialistas en tenis, hay miles de entrenadores y miles de jugadores”, cuenta Dellien. 

Y reconoce: “Llegué con 18 años y al principio fue difícil porque es otra cultura. Yo vivía en un pueblo y fue un choque muy grande. Acá la gente por ahí es más atrevida, anda muy acelerada, nada que ver con Bolivia. Pero por suerte, todas las personas con las que me he rodeado me han tratado muy bien. Hoy siento que es mi segunda casa”.

En nuestro país su tenis evolucionó y él maduró mucho. Hasta llegó por primera vez al top 250. Pero a fines de 2015 se quedó sin apoyo económico y tuvo que volver a Bolivia.

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“No tenía ni para hacer la pretemporada. Seguí jugando Interclubes y la Copa Davis por la plata y algunos Futures, pero dejé de entrenar. Los primeros dos meses vivía más de noche que de día, comía y dormía mal, salía con mis amigos, tomaba bebidas alcohólicas y subí mucho de peso. La pasé increíble, pero después me di cuenta de que no estaba haciendo nada con mi vida. Estaba retrocediendo. Algo tenía que hacer“, recuerda.

El primer paso fue generar una fuente de ingresos para no tener que volver a depender económicamente de sus padres. Tomó todos sus ahorros y los invirtió en una fábrica de cubitos de hielo. El segundo, volver a ordenar su vida. Entonces, una visita a un club de Santa Cruz al acompañar a su hermano menor a un torneo le generó un clic en la cabeza.

“Cuando llegué muchos chicos se acercaron a preguntarme por qué no jugaba más y a pedirme que vuelva. Como había estado viviendo en Argentina no me había dado cuenta que con lo poco que había logrado, me había transformado en un referente para ellos. Eso me hizo pensar muchísimo. Y dije ‘No puedo abandonar sin dejar el cien por ciento’“, asegura. 

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A fines de 2016, con 23 años, empezó de nuevo. En su regreso jugó un papel importante el entrenador argentino Eduardo Médica, que le abrió las puertas de su casa en México y lo ayudó a retomar los entrenamientos sin cobrarle. “He sido un bendecido en ese sentido. Siempre encontré personas muy buenas que me ayudaron sin ningún beneficio para ellas. Edu es una de ellas”, afirma quien hoy es entrenador por otro argentino, Alejandro Fabbri.

Tras dos meses de pretemporada, jugó su primer Future en Weston, Estados Unidos, en enero de 2017. Se llevó el títuló y no paró más. Ese año lo arrancó 746° del mundo y terminó 241°. En 2018, ganó su primer challenger en Vicenza, Italia, y repitió el festejo en Savannah y Sarasota, Estados Unidos. Y con los éxitos llegó el apoyo de diversas empresas que lo siguen bancando hoy.

Esta temporada gritó campeón en los challengers de Milán y Santiago de Chile, además de llegar a cuartos en el ATP 500 de Río de Janeiro y hacer historia en Roland Garros.

“Lo que viví en París fue increíble. Fue cumplir un sueño. En ese momento se me vinieron todos los años de sacrificio a la cabeza y dije ‘Increíble lo que logré’. Cuando volví a Bolivia después del torneo fue una locura. Tuve que hacer una mini gira como si fuera un artista, visitando clubes de diferentes ciudades. Increíble“, cuenta entre risas.

Y cierra: “Hoy mi vida es totalmente diferente a como era hace un par de años. En 2018 me casé y hoy vivo en Cañitas con Camila, mi mujer, que también era jugadora. Y en mi carrera pasó todo muy rápido. En un año pasé de jugar un Future a compartir vestuario con jugadores como Federer o Nadal. Fue muy fuerte y al principio raro porque no te sentís parte. Decís ‘Qué hago yo acá’. Pero hoy ya soy uno más. Una locura”.