Messi, el Aleph del fútbol y la historia de otra noche mágica de Barcelona en la Champions League

En 1945 Jorge Luis Borges publicó en la emblemática revista Sur el cuento El Aleph. Allí, a modo de fantasía, Borges descubre el Aleph en las escaleras de un sótano en una casa ubicada en la calle Garay y lo describía como “una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor”. El narrador señala que a través del Aleph…

Messi, el Aleph del fútbol y la historia de otra noche mágica de Barcelona en la Champions League

En 1945 Jorge Luis Borges publicó en la emblemática revista Sur el cuento El Aleph. Allí, a modo de fantasía, Borges descubre el Aleph en las escaleras de un sótano en una casa ubicada en la calle Garay y lo describía como “una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor”. El narrador señala que a través del Aleph es posible observar por completo “el inconcebible universo”, desde una quinta de Adrogué hasta todas las hormigas que hay en la tierra, entre tantos ejemplos que cita. Ahora, el botín zurdo de Lionel Messi es el Aleph contemporáneo, el objeto por el que se pueden ver absolutamente todas las mejores jugadas que un futbolista jamás haya imaginado. La Pulga se lo volvió a demostrar al mundo en el 3-0 ante Liverpool por la ida de semifinales de la Champions League: marcó un doblete y jugó con el corazón.

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Como todos los Messis convergen en Messi, este miércoles el rosarino -que no brilló como de costumbre con gambetas, caños y pases mágicos- se puso el traje de guerrero para comandar al cada vez más pragmático Barcelona que con sapiencia conduce Ernesto Valverde. Messi está obsesionado con la Champions: la ganó por última vez en 2015. Por eso ante los ingleses jugó como pocas veces en su carrera: luchando, corriendo más de lo habitual, tirándose al piso para recuperar el balón, siendo capitán hablante, retando a Arturo Vidal porque no remató al arco en una clara situación, ajustando detalles tácticos con Sergio Busquets cuando el local no le agarraba la mano al planteo de Liverpool, arengando a las tribunas y pidiéndole a los hinchas que aplaudieran en lugar de silbar a Coutinho. A todo esto, también, le sumó dos goles para llegar a los 600 en el conjunto culé. Un crack irrepetible. 

Cansado, casi sin aire y aún maldiciendo un mano a mano errado por Dembelé en el final del juego, Messi puso en palabras lo que se había visto en el cancha. Dijo: “Entramos un poquito en el juego de ellos, de mucho ritmo, de partir el partido, de jugar una contra tras otra. Entramos en esa y nosotros no estamos acostumbrados. Por eso nos costó y estamos asfixiados. Pero había que sacarlo como fuera”.

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La frase de Messi describe una parte del partido, especialmente de su partido. Barcelona no jugó lindo, pero sí bien porque supo acomodarse a distintos momentos. Liverpool lo acorraló en el inicio, lo presionó bien alto, y le alargó la cancha a los jugadores locales. Entonces, Messi se encontró realizando corridas de 40 o 50 metros, cuando por lo general acelera a lo largo de no más de 20 metros. Y bastante más: tuvo que forcejear con futbolista de gran porte, como Virgil van Dijk (193 centímetros) y Joel Matip (195). Fueron 30 minutos atípicos para Messi los del primer tiempo y su físico lo notó: casi no participó en el último cuarto de hora porque no pudo cambiar el aire. 

Y esa primera parte fue protagonizada desde la posesión por los ingleses y peleada por los españoles, que se sintieron incómodos. Pero no renegó Barcelona del papel que le tocó realizar y ahí existe una virtud. Luis Suárez aprovechó un pase magistral de Jordi Alba y definió apenas desviando la trayectoria de la pelota. 

Muchas veces el fútbol no se puede explicar. Liverpool jugó peor en el segundo tiempo pero generó 3 situaciones claras de gol. Dos fueron salvadas por Marc-André ter Stegen y la restante desperdiciada por Salah a arco vació (la definición pegó en el palo luego de que Rakitic despejara en la línea un remate de Firmino). Barcelona, en tanto, mantuvo el libreto de no otorgar espacios para los ataques ingleses y esperar la genialidad del 10. El primer gol de Messi, a los 30 minutos del complemento, fue de guapo con suerte: siguió la jugada hasta el final y se encontró con la pelota y el arco vacío luego de un rebote en el travesaño. Pecho, gol y festejo alocado. 

El segundo, a los 37 minutos, fue una obra de arte más de su infinito repertorio: de tiro libre la clavó en el ángulo derecho del brasilero Alisson. El Camp Nou, nuevamente, se unió en la reverencia de “Messi/Messi/Messi

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“La serie no está definida, pero es un marcador muy bueno. Estamos contentos por el partidazo que hicimos. Es importante que no nos hayan hecho goles”, explicó el goleador que sólo piensa en la revancha del martes próximo en Anfield Road. Y siguió: “En el primer tiempo fuimos superiores, pero en el segundo nos apretaron. No nos crearon muchas ocasiones, pero no nos dejaban salir”.

Mientras Messi lucha por una nueva Champions, sigue siendo un deleite verlo jugar. Se repite: todas las jugadas del mundo habitan en su pie zurdo, el nuevo Aleph. Aunque conviene aclarar: el Aleph de Borges era una invención literaria; el de Messi, pura realidad.