La sugestiva unión del terror con la pornografía

Volvamos un poco a las películas porno, que estamos en tiempos de tensiones varias y todos necesitamos un poco de cachondeo para pasar las crisis. De todos modos, es probable que el tema de hoy les moleste un poco también porque quería contarles sobre el vínculo entre terror y pornografía, que es bastante más interesante…

La sugestiva unión del terror con la pornografía

Volvamos un poco a las películas porno, que estamos en tiempos de tensiones varias y todos necesitamos un poco de cachondeo para pasar las crisis. De todos modos, es probable que el tema de hoy les moleste un poco también porque quería contarles sobre el vínculo entre terror y pornografía, que es bastante más interesante de lo que parece a simple vista. De hecho, el horror y el porno son hermanos, compañeros en el desprecio constante del mainstream, los freaks del sistema, en cierto sentido. También son cines que se hacen con pocos recursos y tienen como fin el shock visceral del espectador. En eso, de paso, resulta que son géneros más que honestos.

Pero tienen otra cosa en común. Si prestan atención, en el párrafo superior hablé de “horror” y no de “terror”, y aquí va la diferencia. En el terror, se trata de tener miedo de lo que aún no vimos; en el horror, de sentir repulsión y asco de lo que sí vemos. Por supuesto que ambas cosas se imbrican más de una vez, pero digamos que Psicosis es más terror que horror (lo mismo la genial Halloween de John Carpenter), que El exorcista está en el medio, y que Diabólico, la locura de Sam Raimi, es más horror que terror (lo mismo la genial Príncipe de las Tinieblas, de John Carpenter). Hecha la salvedad, el horror era algo que no podía mostrarse. Desde que en 1936 la industria de Hollywood creó el Código Hays, ese manual de qué se podía decir o mostrar y qué no en los cines, lo visceral estaba estrictamente prohibido. De paso, siempre se condena ese código, con cierta razón. Pero se olvida que el cine era siempre para todo público en ese país, no existía -como hoy, como aquí- la calificación por edades. Así que también había alguna razón para usar ciertos simbolismos a la hora de tocar temas como la política o el sexo, dos problemas mayúsculos.

La combinación de sexo y terror se corresponde con el miedo natural ante lo erótico: estar desnudos frente a otro

Pero en 1963, Herschel Gordon Lewis, apodado “El padrino del gore”, estrenó una película que no pasó por el sistema de calificación del “código” (que era, recordemos, algo de la industria, no vinculado al Estado, y además voluntario). Estrenó entonces Blood Feast, donde abundaban cachos de carne volando, ríos de sangre y algún desnudo. Un éxito del cine independiente en el sentido económico y visceral del término. Y al año siguiente continuó con 2000 Maniacs, la historia de un pueblito de asesinos locos del Sur de los EE.UU. que aparece solo una vez al año para cortar en pedacitos a sus visitantes. Como adivinará el lector, había mucho, muchísimo de sátira en todo esto, los efectos especiales eran especialmente visibles, y resultaron películas catárticas que, al mismo tiempo que los filmes “con desnudos” desafiaron de frente las políticas de censura. Y a la larga, triunfaron. No fue solo Garganta profunda la que permitió la legalización del porno, sino también Lewis al abrir una brecha a la representación explícita de lo muerto. De paso, el cine de la generación de los setenta (Coppola, De Palma, Scorsese, Spielberg, Friedkin, siguen firmas) no habría podido ser lo que fue sin estos antecedentes. Ni habría existido La noche de los muertos vivos, gore político y social satírico de primer orden.

En fin, igual la representación explícita de las vísceras, como el porno, es más bien marginal. Aún así, muchas veces se han cruzado, aunque suele ser complicado hacerlo porque, en muchos casos, se suman a una simbología un poco siniestra. Y el cine porno sigue siendo cine mainstream y comercial: ya bastante tiene con explicar por qué muestra sexo de modo absoluto. De todos modos, hay películas que aunan ambas cosas. En general tienden al sadomasoquismo y en muchos casos apelan a cierta simbología filonazi. Lo que, de todos modos, no está del todo mal, porque implica identificar lo nazi con el mal. Y, mal que nos pese, la fascinación por esa iconografía existe: este cine muy marginal le ofrece un espacio catártico.

Pero hay algunas películas donde la cachondez y el terror se combinan de manera única, y crean un estado de cosas bastante inestable que apuntan directamente a lo más visceral de nuestra imaginación. En general no son grandes películas porque ambos géneros, lo dijimos, se hacen con poco dinero y carecen de prestigio, especialmente el porno. Pero lo que no tienen en medios lo tienen en ganas, y cuando una película se hace con placer, esto se comunica de modo directo al espectador.

Veamos una de las más famosas, realizada antes de que se legalizara el porno realmente (así que es más “soft” que “hard”). Se llama Terror en el castillo de las orgías, es de 1971 y la realizó un señor llamado Zoltan G. Spencer. En cierto sentido, la cosa no puede ser más satírica ni inocente: una pareja bastante normal y casi casta llega una noche oscura a un castillo donde vive una extraña condesa con un asistente jorobado. Piden alojamiento y se los dan. Pero no es lo único que han de darles. En ese lugar se realizan perversas orgías con toda clase de variedad sexual hasta que los participantes quedan extenuados y la Condesa se vale de ello para ritos brujeriles. Como sucede en toda película porno o casi, la historia se disuelve a medida que llegamos al final de la historia. Pero, como dijimos, intenta potenciar el efecto visceral en el espectador por partida doble: excitarlo sexualmente y generarle la fascinación y el miedo del escalofrío. La combinación entre sexo y terror corresponde a un miedo bastante normal y que cualquiera ha experimentado ante el goce erótico: estar desnudo delante de una persona a la que no se conoce, totalmente desprotegido.

Aquí las orgías no son multitudinarias, por cierto, y no hay demasiado sexo explícito. Sí desnudos y sí relaciones un poco fingidas. Es interesante eso, porque el tratamiento sonoro y visual en la película hace que nuestra cabeza se excite por lo que no ve, tanto en lo “terrorífico” como en lo sexual. La simbología satánica está combinada con desnudos bastante estéticos y cierto juego con el BDSM que quizás se viera más terrible hace medio siglo que hoy. Pero juega una cuerda de sugestión incluso en lo explícito que la vuelve una película bastante original, algo que hoy difícilmente alguien se anime a filmar así.