Lo que no capta el radar del Gobierno

Un lote de maíz afectado por la falta de lluvias en Noetinger Crédito: Juan Pablo Ioele Un productor del norte bonaerense recibió hace unos días un consejo de alguien vinculado al actual gobierno que conoce de campo: “Empiecen a hablar de la sequía”. La sugerencia no es casual. En el radar del presidente Alberto Fernández…

Lo que no capta el radar del Gobierno

Un lote de maíz afectado por la falta de lluvias en Noetinger Crédito: Juan Pablo Ioele

Un productor del norte bonaerense recibió hace unos días un consejo de alguien vinculado al actual gobierno que conoce de campo: “Empiecen a hablar de la sequía”.

La sugerencia no es casual. En el radar del presidente
Alberto Fernández y su gabinete aparecen los tópicos públicamente conocidos y que dominan el debate de la opinión pública: inflación, pobreza y deuda externa. Pero el tema de escasez de lluvias que afecta a la región pampeana desde hace tres meses no aparece en ese radar. Sería conveniente que lo comenzaran a detectar porque, si no cambian las condiciones en las próximas semanas, y lo descubren en marzo o abril de 2020 será demasiado tarde.

La dirigencia política, no los estamentos técnicos de los gobiernos, suele desentenderse de la vinculación entre el comportamiento del clima y la evolución de la economía. No es un fenómeno de un partido político en particular. En un país donde más del 60% de las exportaciones de bienes tienen su origen en la actividad agropecuaria, cuya variable más importante es la del clima, la dirigencia política suele considerar a la cuestión de si hay sequías o inundaciones como un tema de mala suerte. En un contexto en el que el cambio climático será determinante en los próximos años, según el consenso mayoritario de científicos, el tema debería subir en el ránking de las prioridades de la gestión de los gobiernos.

Ahora se calcula que las lluvias de los últimos 90 días en la mayoría de la región pampeana fueron 50% menores al promedio. En algunas regiones, como en el sur de Córdoba y Santa Fe esta semana, hubo lluvias convectivas, que descargan un gran volumen de agua en un radio de 100 kilómetros y provocan daños considerables. “Para que se vaya recuperando necesitamos un promedio de 20 milímetros todas las semanas”, decía el productor del norte bonaerense, preocupado porque no tiene perfil de agua en el suelo y está dudando si siembra soja o maíz de segunda.

El trigo, que tuvo buenas condiciones para la siembra, ya sintió el impacto de la escasez de lluvias. De los 22 millones de toneladas que se pronosticaban que tendría la campaña 2019/20 se pasaría a 18,5 millones de toneladas. En soja, ya se sembró el 61,3% de la superficie prevista, según relevó el Panorama Agrícola Semanal (PAS), de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, que informó una demora de -7,3 y -14,8 puntos porcentuales en la siembra de los cuadros remanentes de la soja de primera y del inicio de las labores de la soja de segunda, respectivamente, respecto de la campaña pasada.

En maíz, la siembra alcanzó al 54,7% de la superficie estimada, relevó el PAS. Tanto las siembras tardías o de segunda de soja y maíz están en el foco de las preocupaciones si la situación no se revierte.

Este escenario no solo es preocupante para la agricultura, también lo es para la ganadería y la lechería. La escasez de reservas comenzó a afectar los costos de alimentación del ganado. El Gobierno debería comenzar a tomar nota porque si la situación se agrava en los próximos meses el impacto se sentirá en los precios de la carne y de la leche en el consumo interno. Antes de que se imagine eventuales batallas ideológicas contra un enemigo que resiste medidas debería considerar el factor climático.

El gobierno anterior subestimó el impacto de la sequía cuando en enero de 2018 los testimonios de los productores alertaban sobre la falta de lluvias. “Lo que se pierda por volumen se va a recuperar por precio”, decían. Más tarde, la realidad demostró otra cosa. Se perdieron 30 millones de toneladas y luego identificaron a la sequía como uno de los factores determinantes de la crisis económica del año pasado.

Otra gran sequía, como la de 2008/2009, también fue soslayada por el gobierno de Cristina Kirchner. Combinada con el crac financiero externo, fue uno de los motivos de la fuerte recesión de 2009. En ese período, el impacto de la falta de lluvias coincidió con las restricciones al comercio de carnes. La respuesta productiva al escenario de tormenta perfecta fue la liquidación de doce millones de cabezas de ganado.

No se trata de provocar temor, porque el partido del clima todavía no terminó, pero sí tener en cuenta el factor climático.

La otra preocupación que ronda sobre la actividad agropecuaria es la definición sobre el aumento de los derechos de exportación. Aquí el Gobierno parece ingresar en una contradicción conceptual. Por un lado el presidente Fernández llamó a la solidaridad de los que “más tienen” para atender la crítica situación de los que “menos tienen”. Y dijo que iba a apoyar a quienes producían en vez de quienes especulaban.

Si eso se tradujera en políticas impositivas deberían aumentar tributos como Ganancias o los que gravan el patrimonio, pero no lo que impactan directamente sobre el precio de los bienes producidos, como es el caso de los derechos de exportación. Salvo que la excusa fuera otra.

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