Coudet: del pibe rockero al hombre que aprendió a escuchar

12 de abril de 2019  • 17:01 Confiesa que se ha esmerado para aprender a declarar, con un discurso siempre simple pero ahora algo más claro. Cuenta que le resulta complicado abstraerse del fútbol y por momentos se aísla mentalmente y piensa en jugadas y situaciones del juego. Se reconoce prisionero de esa bufanda negra…

Coudet: del pibe rockero al hombre que aprendió a escuchar
12 de abril de 2019  • 17:01

Confiesa que se ha esmerado para aprender a declarar, con un discurso siempre simple pero ahora algo más claro. Cuenta que le resulta complicado abstraerse del fútbol y por momentos se aísla mentalmente y piensa en jugadas y situaciones del juego. Se reconoce prisionero de esa bufanda negra que se transformó en un talismán innegociable, pero analiza y desmenuza hasta el más mínimo detalle de cada rival, jugador propio y variable hipotética de un partido. Todo en uno, todo en la misma persona.

Repasar la vida de

Eduardo Coudet

implica un viaje en el primer asiento de una intrépida montaña rusa de emociones. Entre aquél pibe criado en Saavedra que atravesaba el largo pasillo de salida del vestuario de Platense, vestido con las clásicas zapatillas blancas de lona, bermudas desteñidas y el pelo largo atado y este cuarentón que puede mostrarse reflexivo, pero que siempre soltará en algún momento un chiste para “desacartonar” el momento, no hay grandes diferencias.

El que jugando para el “Calamar” se robó un micro para salir de la concentración en una de sus ocurrencias más disparatadas, es el mismo que se pintó el pelo para celebrar un título con River. El “Chacho”, es el que se enamoró de Rosario Central como jugador, pero además quiso redoblar la apuesta como técnico para reeditar todo aquello que había hecho como futbolista. El que podía festejar los goles haciendo el “aleteo” de Mick Jagger, escuchaba Los Piojos y Los Redondos pero también se reconoce como un tipo sensible y muy sentimental. El que como anfitrión arma un gran asado para festejar el título con su plantel, pero luego marca la distancia necesaria para exigir lo máximo en cada entrenamiento.

Su estilo quedó en evidencia cuando dirigió a Central y el hecho de no coronar ninguna de las dos Copas Argentina en las que cayó en los partidos decisivos (la primera con el bochornoso arbitraje de Diego Ceballos), no modificó la aprobación general de aquél equipo. Su Racing campeón es una versión mejorada porque él mejoró. Antes fue Sosa y ahora esa columna enorme defendiendo el arco se llamó Arias. A Donati lo volvió su defensor fetiche y a Pinola lo cambió por Sigali. El Salazar rosarino fue el Saravia de Racing. Volvió a confiar en Nery Dominguez, pero le encantó la idea de tener a un Clase A como Marcelo Díaz para repartir juego desde el medio. Aquel Montoya de ayer fue el Solari de hoy. Disfrutó de Lo Celso y Cervi tanto como de Zaracho y Pol Fernández y lo que en Arroyito le daban Ruben y Larrondo en el Cilindro se lo entregaron López y Cvitanich.

Nunca se empecinó con ningún nombre. Entendió que Lisandro era el líder y juntos produjeron una química indestructible que nada ni nadie pudo alterar, pero después hubo tiempo y chances para el resto. Cristaldo, Orban, Soto, Javier García, Nery Cardozo, todos aportaron a la causa porque siempre, y la realidad lo confirmaba, “jugaba el que estaba mejor”.

Manejó con paciencia oriental el tema Centurión, buscando siempre el equilibrio entre el trato distinto entre personas y la igualdad de normas de convivencia y respeto entre profesionales. Cuando la bomba explotó no midió los costos, se animó a prescindir del jugador tomando los riesgos deportivos que la decisión acarreaba pero apoyado por todos los estamentos del club. Los resultados le dieron la razón y el elogio unánime del mundo del fútbol también.

Su continuidad está en duda y eso preocupa a muchos. Las razones económicas pueden pesar más que el proyecto deportivo, pero no son lo único. La ilusión de la Copa recién asoma dentro de diez meses y la posibilidad de algunas ventas también podría oscurecer el panorama. El domingo de la fiesta del título, el pueblo racinguista entonó varias canciones históricas y lo incorporó en la letra con nombre propio. Tal vez por eso se le escapó un alentador “Vamos por más”. Porque Eduardo Coudet es el tipo que aprendió a escuchar, aunque a veces pueda hacerse el distraído.

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